Está ya oscurecida la hermosura;
los árboles desnudos
se mecen en la sombra,
y un gran silencio vela suspendido.
En brazos de la noche
se guarda y perpetúa la promesa del día,
la prometida plenitud del día
que cumple en sólo prometerse
un don que nos inclina,
y nos fuerza, y nos basta.
De noche la hermosura a solas habla;
a solas en el aire solo
late oculto el ardor de su promesa
sin cesar renovada.
Y a través de la noche,
desde el oscuro fondo de su entraña,
nos guía y acompaña
heridos de esperanza, al nuevo día,
nuevamente a cumplir bajo el sol nuevo
su plenitud igual y suficiente
de prometida nuestra sin fin, siempre la misma.
Tomás Segovia
No tenías ninguna,
yo sólo una,
que amaba.
Bertolt Brecht
Francisco Ayala: todo lo contrario
Por fuera, Francisco Ayala parecía todo lo contrario: un hombre huraño, de mirada rígida y palabras secas, de ésos en cuyo rostro se transparenta hasta el hueso la antipatía. Por dentro, siempre que respetases ciertas reglas y guardaras las distancias, era un hombre de amabilidad exquisita, que siempre te recibía en su casa con los brazos abiertos, un whisky sobre la mesa, un libro que solía regalarte cuando estabas a punto de irte y, sobre todo, con ganas de compartir una conversación, normalmente irónica, sobre literatura y política, que eran los dos temas que más le apasionaban.
Tenía un humor granadino, como le dije alguna vez, que puede explicarse contando una comida que compartimos con él y con su esposa Luis García Montero y yo, cuatro días antes de que se celebrase su centenario, que, como todo el mundo recuerda, iba a ser un gran acontecimiento. Digamos que la fecha del cumpleaños era el viernes siguiente y que nosotros estábamos en aquel restaurante el lunes de la misma semana. De pronto, Ayala dijo: “¿A que no sabéis qué broma estupenda se me está ocurriendo? ¡Morirme el jueves!”.
Su generosidad yo la disfruté desde el principio de nuestra relación, que empezó a mediados de los años ochenta, cuando fui a verlo para que escribiera algún artículo en el suplemento literario del periódico en el que yo trabajaba, Diario 16. Por entonces, lo veía a menudo, y a él le gustaba contarme y que le contara chismes de mi maestro Rafael Alberti, con quien compartía una larga enemistad. Después, me presentó alguna de mis novelas, se tomó siempre la molestia de leerlas y comentarme su opinión, e incluso escribió una frase promocional para Alguien se acerca.
El día de la presentación, estábamos esperando a que llegara a la sala Mario Benedetti, y como se retrasaba y nosotros estábamos de pie, le dije: “Paco, ¿le acerco una silla para que se siente?”. Me miró de arriba abajo y respondió, cortante: “Siéntese usted si está cansado, yo me encuentro perfectamente”. Así era Ayala, como le gustaba firmar sus obras, sin más detalles: simplemente así, “Ayala”. Y creo que lo de llamarle Paco y de usted también explica el respeto que le teníamos los aprendices de él.
Recuerdo muchos momentos divertidos con Ayala, junto al propio Alberti, con Carlos Fuentes o con Rosa Chacel, que lo acusaba en público de haberse alejado del espíritu de Ortega y Gasset, pero que también lo recordaba como un joven “muy mono, que a todas nos gustaba mucho”. De él, los más jóvenes, a quienes, al menos tal y como yo lo he vivido, nunca negó un minuto de atención, aprendimos la lección que te da una persona decente, un escritor responsable y un intelectual de una inteligencia extraordinaria y una lucidez que se puede comprobar leyendo sus ensayos, siempre magníficos. Ha muerto a los 103 años, pero su vida se nos ha hecho corta. Por suerte, libros magníficos como sus memorias, Recuerdos y olvidos, se han quedado aquí para hacer de él cuando necesitamos volver a buscarlo.
Benjamín Prado
Diario El país, 5 de Noviembre.
La lucidez y el pudor
Me hicieron falta muchas horas de amistad con Francisco Ayala para que la confianza de una conversación casi diaria dejase en segundo plano la emoción histórica de su figura. Para un letraherido como yo, cercano al fetichismo, pasar al tuteo fue más fácil que alcanzar una verdadera naturalidad. A veces le decía -y él me contestaba con una sonrisa paciente- que me impresionaba mucho tomar una copa y comer aceitunas con un hombre de otra época.
Se trataba de un sentimiento mayor que la pura admiración literaria. Además de ser el novelista de Cazador en el alba, La cabeza del cordero o El jardín de las delicias, Francisco Ayala era el último protagonista de una época deslumbrante de la literatura española.
Estoy hablando, le comentaba yo, con el encargado por la Gaceta literaria, en 1927, de reseñar el estreno de Mariana Pineda, el drama de Federico García Lorca. Hablo con el muchacho que se sentaba en las tertulias de Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Con el atrevido escritor que levantó las iras de Luis Cernuda por sus comentarios sobre Perfil del aire. O con el joven vanguardista que, después de conocer en Alemania el ascenso del nazismo, decidió dedicarse por entero a la filosofía política, la defensa de la conciencia liberal y la construcción de un Estado español democrático.
Intelectual y ciudadano del siglo XX, la vida le condujo a situaciones muy difíciles, y siempre salió bien de ellas, con una asombrosa dignidad humana y literaria. Emocionante fue la entereza moral con la que vivió su compromiso republicano durante la Guerra Civil. Inteligente, el giro literario con el que respondió a las guerras de España y Europa, abandonando la prosa vanguardista en favor de las indagaciones en el realismo crítico. Asombroso, el modo de vivir el exilio, no como una simple condena a la nostalgia, sino como una perspectiva que le permitía comprender las grandes transformaciones provocadas por la unificación tecnológica del mundo.
Todo lo asumió con lucidez intelectual y pudor personal. Siempre vivió en él ese niño granadino que había aprendido la dignidad en medio de las dificultades económicas de sus padres, seguro del propio esfuerzo y sin pedir nada a nadie. Una extrema concepción de la responsabilidad propia, eso era Francisco como ciudadano y escritor. Hablar con él suponía ir con él de Julián Besteiro a Juan Negrín, de Ramón Gómez de la Serna a Jorge Luis Borges, del Juan Ramón Jiménez de Puerto Rico al Antonio Machado de Collioure.
Al comienzo del siglo XXI, junto a una pantalla de ordenador o una sofisticada máquina para leer con ojos centenarios, uno tenía la sensación de vivir por dentro la edad de plata de la literatura española. Me hicieron falta muchas horas de amistad para que la emoción y el fetichismo literario fuesen sustituidos por la naturalidad. Y la naturalidad permitió que el testimonio del pasado diese paso al ejemplo personal. Hasta el penúltimo día, hasta la mañana anterior a su muerte, tuvo en sus ojos y en su voz apagada la llama viva de la curiosidad por las razones del mundo. Se reía con buen humor de mis viajes, mis inquietudes, mis ilusiones políticas. Nos decía que estaba viviendo su posteridad, pero formaba parte del presente y de las interrogaciones sobre el futuro. Por eso el mundo de sus amigos y de su familia era su mundo. Ahora, cuando con él se muere otra época, me queda un enorme vacío. Pero ese vacío no lo provoca la pérdida de grandes hombres y de grandes obras. Es el vacío del amigo, el vacío de la botella de güisqui que hace apenas unos días nos dejamos medio llena, el vacío de las tardes de amistad con Carolyn Richmond y Francisco Ayala. Harán falta también muchas horas para que la emoción histórica pueda consolar la ausencia del amigo que se ha ido.
Luis García Montero
Diario El País, 4 de Noviembre
“No, no creo en la inmortalidad, ojalá. Creo en la literatura, que es lo mismo
que la vida para mí. Viviré algo más en mis libros, durante algún
tiempo, y ya está. Ésa es toda la inmortalidad a la que aspiro.”
Adiós.
Y para celebrar
que la niebla también nos pertenece,
revolvemos recuerdos, desperdigamos libros
ajunos y periódicos,
perseguimos un mundo de impermeables viejos.
-Noviembre es un desorden
sentimental, me dices.
Nos besamos entonces
y tus ojos, los míos,
empiezan a echar humo
para poblar las dudas de las habitaciones,
salir por las ventanas de la casa,
enredarse en las calles y atravesar los barrios,
haciendo que se anegue la ciudad,
mientras, amor, me dices débilmente
que no vuelves conmigo
por ahora.
(Diario Cómplice) 1987
Luis García Montero
Si el seminario cierra por derribo,
si me pasa un canuto
el corazón,
si estar convaleciente es estar vivo,
si me alivia de luto
la razón.
Si gobierna Uruguay un tupamaro,
si Obama le echa huevos
y Garzones,
si tiene cura el mal del desamparo,
si pago lo que debo
con canciones.
Si el invierno se porta bien conmigo,
si queda en Nochebuena
sopa boba,
si amanece otra noche y sumo y sigo,
si duermen en la trena
los que roban.
Si me largo de gira ultramarina,
si escampa la tormenta
del terror,
si respiro mejor sin cocaína,
si he cumplido sesenta
y tengo amor.
Si me acusan los cuerdos de remate
de robarle al olvido
la cartera,
si el Alcorcón humilla al gran magnate,
no todo está perdido,
hay primavera.
(Interviú) 2 Noviembre
Joaquín Sabina
El milagro de mi español lo obró la República Argentina: el Río Juramento, barco que me llevó, Buenos Aires, La Plata, Rosario, Santa Fe, Paraná, Córdoba, Buenos Aires. Cuando llegamos al puerto de Buenos Aires y oí gritar mi nombre, ¡Juan Ramón, Juan Ramón!, a un grupo de muchachas y muchachos, me sentí español, español renacido, revivido, salido de la tierra del desterrado, desterrado, con mi piedra de mi Fuentepiña en el bolsillo del pecho.
-¡El grito, la lengua española; el grito en lengua española, el grito! Y tan andaluz, lo más español para mí de España, 8 siglos de cultivo oriental. Andalucía.
Comprendí. Todo aquello era por mi lengua, por la lengua en la que había escrito lo que ellos habían leído. Nunca soñé cosa semejante. En mi España, de piel de toro, isla mayor con alto río sólido, nieve de Pirineos. España, “que faz los homes y les desfaz”, no hubiera sido posible esperar aquella realidad que otro país de lengua española me aseguraba. Sí, mucho afecto en Puerto Rico, en Santo Domingo y en Cuba: ¡pero aquel besar, aquel llorar, aquella vida en la Argentina, no!
Cuando llegué al cuarto del hotel Alvear, los empleados, hombres y mujeres gallegos, andaluces, vascos, asturianos, todos sonreían, hablando en un español limpio y resonante, por los pasillos de mármol, que me estremeció. Oír a un argentino fuera de Buenos Aires siempre me había sonado un poco raro, pero oír a Buenos Aires me enamoró: un hablar rápido con todas las letras pronunciadas y en su sitio, con un acento fino y agradable, lleno de ondeajes de sorpresa. Hasta la y griega enellada, aquel “Mayea”, aquel cabayo o cabacho, me parecían tan naturales. Sin duda, aquello estaba en el sol. Aquella misma noche yo hablaba español por todo mi cuerpo con mi alma, el mismo español de mi madre, muchas de cuyas palabras, que ya no decían en España del año ’36, eran allí corrientes y vivían del todo. ¡Español que yo querría fijar para siempre con todas sus combinaciones imajinadas en aldaluz, en mi escritura!
Y por esta lengua de mi madre, la sonrisa mutua, el abrazo, la efusión. Allí se mecía como en Andalucía. Era la seguridad de un convencimiento, un reconocimiento que se prolongará ya en esta existencia americana mía mientras yo viva.
No soy ahora un deslenguado ni un desterrado, sino un conterrado, y por ese volver a lenguarse, he encontrado a Dios en la conciencia de lo bello, lo que hubiera sido imposible no oyendo hablar en mi español. En la casa de Dios estoy ahora hablando y España está, en Dios, conmigo. Ahora soy feliz, madre mía, España, madre España, hablando y escribiendo como cuando estaba en tu regazo y en tu pecho.
(Buenos Aires, 1948)
Juan Ramón Jiménez
Me arrepiento de tanta inútil queja, de tanta
lamentación improcedente.
Son las reglas del juego inapelables
y justifican toda, cualquier pérdida.
Ahora
Sólo lo inesperado o lo imposible
podría hacerme llorar:
una resurrección, ninguna muerte.
Ángel González
Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.
Entra la noche como un trueno
por las rompientes de la vida,
recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, alcobas, celdas, chozos,
y en los rincones de la boca
entra también la noche.
Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las manos del enfermo
y el corazón de los cautivos,
y en la blancura de las páginas
entra también la noche.
Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la cal y los cuchillos
y en el fragor de las palabras
entra también la noche.
Entra la noche como un grito
entre el silencio de los muros,
propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre sus últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel emborronado
entra también la noche.
(Las adivinaciones) 1952
José Manuel Caballero Bonald
Nunca mires hacia atrás
Aléjate de lo demás
Busca alguna solución
No me lastimes
Déjalo para después
Ya nos veremos otra vez
Busca alguna solución
No te delires
Fui tanto tiempo cargando esa cruz
Corriendo entre paredes, lejos de la luz
Yo soy tu amor
Vos sos mi alma en el sur
Tal vez no me necesites nunca
Tal vez no me necesites nunca
Tal vez no necesites cosas para ser más libre.
Charly García
En el día de su cumpleaños, una de sus canciones.



