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5 mayo 2018
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Hay que saber
perderlo todo, incluso a sí mismo,
y aún el recuerdo de sí, hay que
quitarse del lugar, salir del tiempo,
arrancarse los andrajos,
mudar las seis membranas, aceptar
que la séptima se pudra con el grano,
que el agua del río todo lo recubra,
que el sol seque esa agua,
que el viento del desierto desdibuje
su huella sobre la arena.

Liliane Wouters

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Duermo con

1 mayo 2018
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Duermo con dos almohadas desde que tú te fuiste.
Es una de ellas para ti o eres tú?
En mi lecho se amontonan libros de poesía.
Me duermo leyendo amarillos libros de leyes.

Oh, las orgías en las papelería!
El amor de la tinta y de los gustos cuadernos nuevos!
Una poetisa ha de enamorarse para escribir.
En su lecho se amontonan los papeles, o los hombres.

Tengo los libros encima de tu almohada.
Dejan una marca parecida a la de tu cabeza.
Si no puedo tenerte aquí, tendré frías letras de imprenta
y palabras: las cosas más cálidas que existen
aparte de ti.

Erica Jong

Suspiro

30 abril 2018
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Oh, como os amaba, vosotras, cosas inútiles,
amistad, amor sin límite, sacrificio, virtudes,
raramente halladas, pagadas muy caro,
y cómo lloraba por cada traición, por cada
fraude, por cada abuso.

Oh, cómo os amaba, cosas innecesarias,
cuadros, palabras, flores, rostros bellos,
cada pradera floreciente, ocasos y amaneceres,
oh, cómo os amaba, casi en exceso,
y cómo me enojaba que esto fuera inútil.

Julia Hartwig

28 abril 2018
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Podría decirse: llueve
hay cientos
de inesperadas
gotas
cayéndose del mundo,
como si se tratara de una esperanza fría
que cae y cae y cae,
sobre un recuerdo seco,
y cae,
aunque sabemos,
que ya no brotará
la vida entre las piedras.

Podría decirse: llueve,
como quien dice insiste.

Valeria Pariso

Sebas Yerri (retrato de un suicida)

23 abril 2018

Hay que ser austero. Eso es lo que creo ahora. Hay que serlo en todos los sentidos, pero de manera muy especial con el lenguaje. No siempre he estado convencido de esto, pero ahora sí. Hay que ser preciso y hay que ser exacto y hay que buscar la claridad porque la claridad y la precisión del lenguaje están muy cerca de la claridad y la precisión del pensamiento. Y porque, de hecho, muy poca gente se preocupa en serio de eso. Pero además hay que hacerlo porque cuesta. Porque es difícil. Y porque siempre es importante hacer lo difícil y sospechar de la facilidad y desconfiar, en todo momento, de la fascinante y aduladora facilidad. Por otro lado, no hay mayor torpeza que extralimitarse con las palabras. Todo puede ser enunciado sin demasiado adorno y es mejor. No digo que no haya que elevarse de vez en cuando. No es eso lo que estoy diciendo. No digo que no sea conveniente, en determinadas circunstancias, subir el tono e incluso ponerse un poco sublime si viene al caso. ¿Quieres ponerte sublime? De acuerdo, hazlo. Veremos hasta dónde alcanzas. Pero hay que tener mucho cuidado con las sutilezas. Están muy cerca de la estupidez. Cuanto más grande es la acción que se narra y cuanto más aguda o profunda pretende ser la reflexión que se aporta, más superfluos e incluso contraproducentes resultan los excesos del lenguaje. Además (y estoy ya es una cuestión personal, claro), no soporto la solemnidad en la literatura. Antes la soportaba, creo recordar, pero ya no. Ni en literatura ni en nada. Veo la grasa y me resulta insoportable. Así de claro. Suena a declaración de principios y supongo que lo es.

En la calle. Un desconocido me ve anotar una frase en el cuaderno y se me queda mirando sin disimular. Como si pensara que he escrito algo acerca de él y no supiera cómo debe tomárselo. No es la primera vez. Me ha pasado antes. Te ven escribir y sospechan. ¿Qué hace? ¿Está escribiendo? ¿Qué demonios escribe? ¿Escribe sobre mí? Me he preguntado a menudo de dónde procede realmente el impulso de escribir. Y me parece que no es un acto de la voluntad. Creo que es anterior a la voluntad. De lo que sí estoy seguro es de que, por encima de todo, escribo para mí. Me ha costado convencerme, pero es así. No me importa cómo suene. Y sé algo más: si me quedara sin nada, si todo me fuera arrebatado, mi único consuelo posible, al menos al principio, se basaría en pensar que, de todas formas, aún podría escribir. ¿Qué saco de ahí? Nada, esa es la verdad. Una especie de calma, en el mejor de los casos: un estado de atención que tiene valor en sí mismo: un permanecer atento y solo. Pero nada más. Probablemente, algún día dejaré de hacerlo. Aunque no de momento. De momento, soy incapaz de imaginarme a mí mismo sin escribir. Por lo demás, la escritura no tiene mucho sentido, si la miras desde un punto de vista práctico o económico. El dinero que vas a obtener de ello es ridículo. No puedes contabilizar el tiempo dedicado como si se tratara de un trabajo. No es un trabajo. Es otra cosa. De repente, lo vez como una especie de automatismo metabólico. Extraer palabras de la punta de un lápiz sin descanso, como el gusano que no puede dejar de hilar. Con el agravante de que, mientras eso sucede, no dejas de pensar que todo tiene un significado más o menos interesante y oscuro que es preciso desentrañar lo antes posible, por el bien de la humanidad. En fin, una ficción como cualquier otra. Pero el ser humano está hecho de ficción, en su mayor parte. No lo olvidemos.

Sebas Yerri (retrato de un suicida), Editorial Pamiela (2018)
Fernando Luis Chivite

La estación de ferrocarril

16 abril 2018
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Mi no llegada a la ciudad de N
tuvo lugar puntualmente.

Fuiste avisado
con una carta no enviada.

Lograste no llegar
a la hora prevista.

El tren llegó al andén número tres.
Bajó mucha gente.

Entre la muchedumbre se dirigió a la salida
la ausencia de mi persona.

Varias mujeres me sustituyeron
rápidamente
en aquella prisa.

A una de ellas se acercó corriendo
alguien desconocido para mí,

pero ella lo reconoció
al instante.

Ambos intercambiaron
un beso no nuestro,
durante el cual se perdió
no mi maleta.

La estación de la ciudad de N
pasó bien el examen
de la existencia objetiva.

La totalidad estaba en su lugar.
Los detalles se movían
por las vías marcadas.

Tuvo lugar incluso
la cita acordada.

Fuera del alcance
de nuestra presencia.

En el paraíso perdido
de la probabilidad.

En otra parte.
En otra parte.
Como suenan estas palabras.

Wislawa Szymborska

Sinceramente tuyo

15 abril 2018
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