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28 enero 2020
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éste es el verso en que la sangre se vuelve vino y el paraíso metrópolis

y la daga imaginaria se clava sobre pechos mojados
éste es el verso en el que entro al pueblo

y pregunto por ella y por un bar llamado el patio
todos volteamos hacia el mismo lugar todos cometimos el mismo error

caminé por estos versos para olvidar tormentos y sentí un alivio pasajero al ver
jacarandás en flor

pero luego todo volvió de golpe y no pude sino escupir sobre estas calles

en este verso llueve como lloverá en el último otoño
por fin el actor no es el héroe por fin no hay nada que entender

en dos días llegarán al sur privado de sur

los caballos ya se esconden en las acequias afiebrados
en este verso no se puede seguir

éste es el verso en el que no se puede seguir

Mario Montalbetti  

27 enero 2020
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¿No estás contento con tu posesión
de los días? ¿Te da miedo perderla?
¿Crees estar de más de lo que siempre
cambia y es destruido? ¿No te basta
ese poco de sol que aún embiste
tu cuerpo que envejece? Pues observa,
esta mañana han levantado el techo
de la casa del frente. Al descubierto
han quedado las vigas, ya podridas.
Las cambian. Y entretanto, otra vez llueve.
Las recubren de nuevo con las tejas
viejas. Y la pizarra queda en lo alto
del techo, amontonada. Y el sol vuelve
de pronto, brilla en las tejas desnudas,
y tú, en tu corazón, sientes un raro
brío que te conmueve –y avergüénzate–
de amor a ti, mientras allá en el cielo
un lejanísimo tambor, azul,
redobla por tu libertad, que es un grito que vuela.

Carlo Betocchi  

Galgo diamante

26 enero 2020
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El Graal

25 enero 2020
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El mar destila incertidumbre,
la montaña perplejidad; y el propio
cuerpo no abandona, por nada
del mundo, su secreto. El viaje
se volvió errabundeo, y el aura
solidaria, retirándose,
nos transformó en manada.
En la llanura inmóvil,
el cansancio nos visita:
todo esto podía haber sido
de esta manera o de alguna otra,
el tiempo hubiese preferido
correr para adelante o para atrás,
y abstenerse de salir, indiferente,
la luna. Nos creeríamos perdidos,
si fuésemos capaces, todavía,
de distinguir un lugar.
La mirada rebota, espesa;
ni reconoce ni interroga.
Astillas turbias flotan
entre la sombra que amenza.
Confusos, vacilamos:
salimos a buscar no sabemos qué,
ya no nos acordamos bien cuándo.

Juan José Saer 

Antártida

24 enero 2020
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QUIERO VIVIR un invierno
en la Antártida,
entre vientos huracanados
y sin ver la luz en tres meses.

Cuando despegue
el último avión hacia el norte,
nos quedaremos mirándonos los pocos
que se mirarán largamente.

Jugaremos ajedrez
oyendo a Mozart y a Sinatra,
enloqueciendo un poco
bajo los focos iguales,

y escucharemos Neblina morada
de Jimy Hendrix
como se escucha
una canción romántica.

Como los pingüinos
que forman contra el frío una rueda
compacta que apenas se mueve,
sellaremos los pernos para que no entre la nieve.

Al cantar tendremos cuidado
de no separar las estrofas
y escribiremos poemas en prosa
para no exponer demasiado los versos.

Y cuando el sol se oculte,
odiaremos los ojos de buey
que la noche ha vuelto
inútiles, perversos.

Desearemos como nunca que un oso
asome su hocico
y recordaremos que no hay osos en la Antártida,
y nos preguntaremos a qué vinimos,

qué nos atrajo de la Antártida,
sin osos polares
y sin un océano
abajo del hielo.

Se hundirá cada uno
en su propia neblina morada,
sin terapias costosas,
con sólo haber venido.

Sólo el reloj nos dirá
a qué hora ir a dormir
e iremos como cuando de niños
nos mandaban temprano a la cama,

apagaban las luces
y nos dejaban ojiabiertos
en lo oscuro, en el castigo
de una noche antártica.

Soñaremos, juntando los Polos
en un paraje equis,
la llegada de los osos,
que no soportarán el frío del sur.

Soñaremos con osos que no soportan el frío
y a la postre se mueren,
que es el sueño más triste que se tiene
en estas latitudes.

Fabio Morábito

Misa para el día de Santo Tomás Apóstol

23 enero 2020
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I Kyrie

Oh misterio profundo, llama parpadeante,
pepita enamorada que yace en lo más íntimo
del corazón oscuro,
ten piedad de nosotros.

Arrancamos pedazos del pasado para dar de comer
al orgullo o la pena.
Vivimos aterrados
de lo que conocemos:

la muerte, nuestra muerte, y la muerte del mundo
imaginamos sin poder imaginárnosla
nosotros que tal vez
seamos los primeros y últimos testigos.

Vivimos aterrados
de lo que no sabemos,
aterrados de no poder saber,
y de lo ilimitado, por donde nuestro miedo
se hunde en caída libre,
o
del final abrupto de todo lo que existe.

Sin embargo, ciframos
nuestra esperanza en lo desconocido,
en nuestro no saber.

Oh misterio profundo,
oh remoto misterio,
ten piedad de nosotros.

 

II Gloria

Alabada la nieve
que cae esta mañana.
Alabada la sombra que proyecta
sobre el techo de tejas la chimenea del vecino,
alabado también este día gris de octubre
que debiera haber sido, según dicen, dorado.
Alabado sea el sol
invisible que brilla tras las nubes heladas
dándonos luz y dándonos la sombra
de la chimenea.
Alabado sea dios,
alabados los dioses, lo desconocido,
lo que nos imagina y detiene nuestra mano
nuestra mano asesina,
y aún nos da,
en la sombra de la muerte
la vida nuestra de todos los días
y el sueño, todavía, de la buena voluntad
y la paz en la tierra.
Alabado el fluir y los cambios, la noche
y el latido del día.

 

III Credo

Creo que la tierra existe
y que hasta en la menor partícula de polvo
está presente el brillo sagrado de Tu llama.
Oh Tú
misterio que conozco,
Tú, espíritu,
dador, enamorado
de toda creación,
de toda letra escrita,
de cada flor trenzada,
del hierro, las acciones y los sueños.
Oh polvo de la tierra, ayuda a
mi poca fe. Deriva,
gris que se vuelve oro, al rayo de la vista.
Creo, pero la duda interrumpe mi creencia.
Dudo, pero la fe interrumpe mi descreimiento.
Amado mundo amenazado, sé.
Cada partícula
de polvo.
No la luz venenosa,
expuesta a su pesar,
rota la cerradura de su celda sagrada,
sino el brillo ordinario
del polvo en el antiguo
rayo de sol.
Sé, y que yo crea. Amén.

 

IV Sanctus

Tronos y principados –todos los dioses,
ángeles, semidioses, animales locuaces,
oráculos, tormentas de bendición e ira–

todo aquello que la Imaginación
ha escrito, concebido,
con esfuerzo, en trances epifánicos–

dando un nombre, una forma –para dar
a la Gran Soledad
un corazón, un sitio–

elevan su canción hacia el silencio
protector, pronunciando
con júbilo sus nombres,
el nombre múltiple del Otro,
ese Misterio conocido,
incognoscible:

sanctus, hosanna, sanctus.

 

V Benedictus

Bendito es lo que viene en nombre del espíritu,
lo que trae el espíritu consigo.

El nombre del espíritu está escrito
en la astilla, en la ráfaga de viento, en el cristal,

en el cristal de nieve, los pétalos, las hojas,
en el musgo y la luna, en las plumas, los fósiles,

en la sangre y el hueso, el silencio, la música,
cada palabra de
cada palabra,
la carne y la visión.

¿Pero qué hay del sufrimiento
que causan en la tierra, contra los inocentes,
las manos de los hombres?

¿Se escucha la palabra
debajo o por encima
de la cacofonía de la malignidad?

¿Puede ser percibida, todavía,
por soñadores sordomudos,
en la mano, en el pecho,
aquella vibración
que conocen las fibras
del árbol de los nervios,
o ve ese tercer ojo para el cual
la vista y el sonido son una sola cosa?

¿Y qué hay del vacío,
el torbellino destructor que no deja pasar
palabra alguna?

En la indolencia del león
está el espíritu,
en la ferocidad del tigre
que no es previsora,

sino que se despierta con el hambre,
y el hambre
de su juventud.

Bendito es lo que expresa
su ser,
la piedra de la piedra,
la paja de la paja,
porque allí
está el espíritu.

¿Pero es capaz el nombre
de expresarse
en la espiral del tiempo?
¿Puede entrar al vacío?
Bendito
sea el polvo. Desde el polvo
se expresa el mundo. No tenemos otra
esperanza, y ningún conocimiento.
La palabra eligió
hacerse carne.
En la carne perpleja
nos postramos.

 

VI Agnus Dei

Dado que los corderos
son crías de la oveja; dado que las ovejas
son miedosas y torpes, y no saben defenderse,
porque no tienen garras ni violencia,
veneno ni malicia, ¿qué es, entonces,
el “Cordero de Dios”?

¿Esta hermosa criatura,
que husmea con vigor las ubres de su madre;
portadora de lana y de balidos,
que salta por el aire contenta de existir, y que descubre atónita
cuatro patas en las que aterrizar, el pasto
lo único del mundo que conoce?

¿La que nos llevaríamos a jugar,
adornada de cintas, aunque no dejaríamos
que entrara en nuestra casa
por miedo a que ensuciara el piso con sus heces?

¿Qué se oculta, terrible, detrás de estas palabras
tan extrañas:
Oh Cordero de Dios que quitas el pecado
del mundo: una inocencia que parece ignorancia,
engendrada en la nieve manchada por la sangre
que lamen los ancestros de los perros,
más sagaces que todo el rebaño en su conjunto?

¿Entonces Dios,
que abarca todo,
está indefenso? ¿La omnipotencia
ha sido reducida a un montoncito húmedo de lana?

Y nosotros,
temerosos, abúlicos, que queremos tan sólo
echarnos a dormir hasta que la catástrofe
haya llegado al clímax y arrasado con todo
para pasar al fin,
y que queremos despertar tranquilos
sin recordar después el sufrimiento,

nosotros los que, llenos de vergüenza,
en nuestra mísera esperanza, buscamos que nos rescataran de las                                                                                                       [llamas,
y nos dieran la dicha que creímos merecer por haberla imaginado,

¿entonces se supone que nosotros
debemos proteger a este animal perversamente débil,
que con su hocico insiste en tratar de encontrar leche en nosotros?
¿Debemos estrechar en nuestro corazón
helado a un Dios que tiembla?

Que así sea.
Ven, trapo sucio, estremecido,
ven, estrella distante.
Vamos a ver si algo de los hombres
aún puede protegerte,
chispa
de luz remota.

Denise Levertov

¿Qué quieren las mujeres?

22 enero 2020
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Quiero un vestido rojo.
Quiero que sea ligero y barato,
lo quiero demasiado ajustado, quiero usarlo
hasta que alguien me lo rasgue.
Lo quiero sin mangas y sin espalda,
a este vestido, así nadie tendrá que adivinar
qué hay debajo. Quiero caminar por
la calle, pasar por Thrifty’s y por la cerrajería
con todas esas llaves brillando en la vidriera
pasar por lo del señor y señora Wong que venden
donas del día anterior en su cafetería, por lo de los hermanos Guerra
que descuelgan cerdos de su camión hasta la plataforma
levantando los hocicos resbaladizos sobre sus hombros.
Quiero caminar como si fuera la única
mujer en la tierra y poder elegir.
Realmente quiero ese vestido.
Lo quiero para confirmar tus peores miedos hacia mí,
Para demostrarte lo poco que me importás vos
y cualquier cosa, a excepción de lo
que deseo. Cuando lo encuentre, sacaré ese vestido
de su percha, como si estuviera eligiendo un cuerpo
para que me lleve por este mundo, a través
de los gritos del parto y los gritos del amor también,
y lo usaré como huesos, como piel,
será el maldito
vestido con el que me entierren.

Kim Addonizio  

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