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Barco viejo

17 febrero 2020
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A imagen de los vientos crecieron estos árboles
que imprecan hacia el mar donde los cuatro palos
de un velero inservible se excusan de los vientos.
“Andalucía” duerme, bella cárcel flotante
encarcelada como en una botella
en su vejez dejada de mano de las olas,
tan pura, que el bochinche de la marinería
será como si fuera cosa propia del sueño:
música de fonógrafo que casi no se escucha.

Estoy en Punta Arenas.
La nieve llega al corazón y el viento
toca hasta lo que escribo y lo dispersa.
Mi poesía apenas da unos pasos en falso:
aún el árbol verde del pensamiento abstracto
tendrá aquí que seguir el dictado del viento
que tuerce el árbol de oro, transformándolo en piedra.
Me haría falta oír toda la vida
lo que, por estos lados, dicen hombres y bestias;
pero aún más: entrar en el secreto.
De modo que la piedra horadada me hablara
por boca del silencio de lo que fue en el aire
antes del día de su aventamiento:
gritos que el roble sabe
de cuando el indio hizo su amor como agoniza
el petrel en la noche de los vientos,
de cuando sangre y nieve jugaron a encontrarse
y una ciudad se alzó donde cayeron hombres.

Nada habla por mi boca aquí, pero está bien
sentir que uno podría envejecer noblemente
mirando un barco viejo que termina de hundirse.

Enrique Lihn

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