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Misa para el día de Santo Tomás Apóstol

23 enero 2020
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I Kyrie

Oh misterio profundo, llama parpadeante,
pepita enamorada que yace en lo más íntimo
del corazón oscuro,
ten piedad de nosotros.

Arrancamos pedazos del pasado para dar de comer
al orgullo o la pena.
Vivimos aterrados
de lo que conocemos:

la muerte, nuestra muerte, y la muerte del mundo
imaginamos sin poder imaginárnosla
nosotros que tal vez
seamos los primeros y últimos testigos.

Vivimos aterrados
de lo que no sabemos,
aterrados de no poder saber,
y de lo ilimitado, por donde nuestro miedo
se hunde en caída libre,
o
del final abrupto de todo lo que existe.

Sin embargo, ciframos
nuestra esperanza en lo desconocido,
en nuestro no saber.

Oh misterio profundo,
oh remoto misterio,
ten piedad de nosotros.

 

II Gloria

Alabada la nieve
que cae esta mañana.
Alabada la sombra que proyecta
sobre el techo de tejas la chimenea del vecino,
alabado también este día gris de octubre
que debiera haber sido, según dicen, dorado.
Alabado sea el sol
invisible que brilla tras las nubes heladas
dándonos luz y dándonos la sombra
de la chimenea.
Alabado sea dios,
alabados los dioses, lo desconocido,
lo que nos imagina y detiene nuestra mano
nuestra mano asesina,
y aún nos da,
en la sombra de la muerte
la vida nuestra de todos los días
y el sueño, todavía, de la buena voluntad
y la paz en la tierra.
Alabado el fluir y los cambios, la noche
y el latido del día.

 

III Credo

Creo que la tierra existe
y que hasta en la menor partícula de polvo
está presente el brillo sagrado de Tu llama.
Oh Tú
misterio que conozco,
Tú, espíritu,
dador, enamorado
de toda creación,
de toda letra escrita,
de cada flor trenzada,
del hierro, las acciones y los sueños.
Oh polvo de la tierra, ayuda a
mi poca fe. Deriva,
gris que se vuelve oro, al rayo de la vista.
Creo, pero la duda interrumpe mi creencia.
Dudo, pero la fe interrumpe mi descreimiento.
Amado mundo amenazado, sé.
Cada partícula
de polvo.
No la luz venenosa,
expuesta a su pesar,
rota la cerradura de su celda sagrada,
sino el brillo ordinario
del polvo en el antiguo
rayo de sol.
Sé, y que yo crea. Amén.

 

IV Sanctus

Tronos y principados –todos los dioses,
ángeles, semidioses, animales locuaces,
oráculos, tormentas de bendición e ira–

todo aquello que la Imaginación
ha escrito, concebido,
con esfuerzo, en trances epifánicos–

dando un nombre, una forma –para dar
a la Gran Soledad
un corazón, un sitio–

elevan su canción hacia el silencio
protector, pronunciando
con júbilo sus nombres,
el nombre múltiple del Otro,
ese Misterio conocido,
incognoscible:

sanctus, hosanna, sanctus.

 

V Benedictus

Bendito es lo que viene en nombre del espíritu,
lo que trae el espíritu consigo.

El nombre del espíritu está escrito
en la astilla, en la ráfaga de viento, en el cristal,

en el cristal de nieve, los pétalos, las hojas,
en el musgo y la luna, en las plumas, los fósiles,

en la sangre y el hueso, el silencio, la música,
cada palabra de
cada palabra,
la carne y la visión.

¿Pero qué hay del sufrimiento
que causan en la tierra, contra los inocentes,
las manos de los hombres?

¿Se escucha la palabra
debajo o por encima
de la cacofonía de la malignidad?

¿Puede ser percibida, todavía,
por soñadores sordomudos,
en la mano, en el pecho,
aquella vibración
que conocen las fibras
del árbol de los nervios,
o ve ese tercer ojo para el cual
la vista y el sonido son una sola cosa?

¿Y qué hay del vacío,
el torbellino destructor que no deja pasar
palabra alguna?

En la indolencia del león
está el espíritu,
en la ferocidad del tigre
que no es previsora,

sino que se despierta con el hambre,
y el hambre
de su juventud.

Bendito es lo que expresa
su ser,
la piedra de la piedra,
la paja de la paja,
porque allí
está el espíritu.

¿Pero es capaz el nombre
de expresarse
en la espiral del tiempo?
¿Puede entrar al vacío?
Bendito
sea el polvo. Desde el polvo
se expresa el mundo. No tenemos otra
esperanza, y ningún conocimiento.
La palabra eligió
hacerse carne.
En la carne perpleja
nos postramos.

 

VI Agnus Dei

Dado que los corderos
son crías de la oveja; dado que las ovejas
son miedosas y torpes, y no saben defenderse,
porque no tienen garras ni violencia,
veneno ni malicia, ¿qué es, entonces,
el “Cordero de Dios”?

¿Esta hermosa criatura,
que husmea con vigor las ubres de su madre;
portadora de lana y de balidos,
que salta por el aire contenta de existir, y que descubre atónita
cuatro patas en las que aterrizar, el pasto
lo único del mundo que conoce?

¿La que nos llevaríamos a jugar,
adornada de cintas, aunque no dejaríamos
que entrara en nuestra casa
por miedo a que ensuciara el piso con sus heces?

¿Qué se oculta, terrible, detrás de estas palabras
tan extrañas:
Oh Cordero de Dios que quitas el pecado
del mundo: una inocencia que parece ignorancia,
engendrada en la nieve manchada por la sangre
que lamen los ancestros de los perros,
más sagaces que todo el rebaño en su conjunto?

¿Entonces Dios,
que abarca todo,
está indefenso? ¿La omnipotencia
ha sido reducida a un montoncito húmedo de lana?

Y nosotros,
temerosos, abúlicos, que queremos tan sólo
echarnos a dormir hasta que la catástrofe
haya llegado al clímax y arrasado con todo
para pasar al fin,
y que queremos despertar tranquilos
sin recordar después el sufrimiento,

nosotros los que, llenos de vergüenza,
en nuestra mísera esperanza, buscamos que nos rescataran de las                                                                                                       [llamas,
y nos dieran la dicha que creímos merecer por haberla imaginado,

¿entonces se supone que nosotros
debemos proteger a este animal perversamente débil,
que con su hocico insiste en tratar de encontrar leche en nosotros?
¿Debemos estrechar en nuestro corazón
helado a un Dios que tiembla?

Que así sea.
Ven, trapo sucio, estremecido,
ven, estrella distante.
Vamos a ver si algo de los hombres
aún puede protegerte,
chispa
de luz remota.

Denise Levertov

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