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El malentendido

24 julio 2019
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No es que pasara mucho por la calle Trofeo del Rey. Pero las cosas ocurren.
Entré en una cafetería. El periódico hablaba de lo que durante el día anterior había ocurrido en el mundo, porque las cosas ocurre. Pero siempre suelen ocurrir allá lejos y a los otros. Hasta que le ocurren a uno.
No recuerdo si leí entero el periódico, porque los periódicos hablan de demasiadas cosas de las que ocurren. Tampoco podría asegurar que me bebí entera mi taza de café. Creo recordar que no era un buen café.
La calle Trofeo del Rey es una de esas calles por las que la gente cruza sin decirse: “Esta es la calle Trofeo del Rey”, porque es una calle sin importancia. Hay calles que tienen el prestigio de un decorado. Pero la calle Trofeo del Rey no. La calle Trofeo del Rey es una de esas calles que uno cruza sin decirse: “Esta es la calle Trofeo del Rey”.
Salió un hombre de un portal de la calle Trofeo del Rey, me agarró del brazo y me dijo: “Pasa”. Pasé, porque es raro que las cosas le ocurran a uno, aunque indudablemente las cosas ocurren. Pero no a uno, ya digo.
Me hizo pasar a un piso en el que apenas había muebles. Uno de esos pisos que huelen a desagüe. “¿Hiciste las apuestas?”, me preguntó. Yo, naturalmente, no había hecho apuesta ninguna. “Eres muy rebelde”, me dijo. Y salió de la habitación.
Me quedé allí, en la habitación. Creo recordar que no me había sentado muy bien el café, porque no era un buen café. Pasé un rato mirando las paredes. De la habitación contigua llegaban voces apagadas. Alguien hablaría con alguien de las cosas que ocurren en el mundo, porque las cosas ocurren.
Entonces se abrió una puerta. “¿Te han arrancado los dientes de oro?” Me lo preguntó un negro que llevaba una camiseta de mucho color, no recuerdo bien qué color. Digamos que amarillo.
Yo nunca había tenido dientes de oro. El antiguo portero del cine Macario sí tenía uno que brillaba con la arrogancia de una joya viva. Con la frialdad de un tesoro incisivo.
Entonces sentí el golpe en la espalda. El negro me preguntó: “¿Por qué no llamaste el sábado?”, y yo me encongí de hombros, porque no sabía que tenía que haber llamado el sábado. Porque además el sábado no se trabaja y yo no dispongo en casa de teléfono. “¿Dónde has metido las tarjetas?”, y yo no entendí bien aquello. Y sentí otro golpe en la espalda.
Las cosas ocurren, qué duda cabe.
A mí me dolía la espalda.
Cuando entró la muchacha, el negro estaba muy callado, dando vueltas alrededor de mí como un felino al acecho, estrechando el círculo de su amenaza. Yo encogía la espalda, a la espera de un golpe.
La muchacha que entró era rubia y tenía los dientes picados. Tal vez los dientes de oro eran para ella, y por eso se preocupaban tanto por los dientes de oro que yo nunca había tenido. “¿Te han arrancado los dientes de oro?” Pero ya dije que nunca tuve dientes de oro.
“¿Qué me dices de Paco el Gato?” Y yo callé, porque no conocía a Paco el Gato. Me hubiera gustado conocer a Paco el Gato, no sé. Podría ser un hombre interesante. Un trapecista retirado o algo así, no sé. El Gato.
Volvió a la habitación el tipo que me había agarrado el brazo y que me había arrastrado dentro del portal. “¿Has perdido la memoria?”, me preguntó, acercándome mucho su boca a los ojos. Negué con la cabeza, porque yo la memoria creía tenerla en su sitio. Para demostrármelo, recordé que había leído el periódico y que había tomado un café no demasiado bueno. “¿No hay nada aquí?”, me preguntó, dándome golpes en la cabeza y habciendo “Toc-toc”. Dije: “No sé”. Y sentí otro golpe en la espalda.
La muchacha de los dientes picados tenía la mirada perdida en las perspectivas del vacío. El negro llevaba varios anillos de señorío cheli.
Es curioso cómo ocurren las cosas. Y más curioso aún que le ocurran a uno, cuando la vida suele ser una rutina: de la gestoría al salón recreativo y de allí a casa. Siempre lo mismo. (Salvo la tregua de los fines de semana, cuando uno puede irse a los sitios de baile o al cine Macario.)
Creo que ya he dicho que el antiguo portero del cine Macario tenía un diente de oro y que la muchacha rubia los tenía en cambio picados. Es curioso que los dientes puedan pudrirse. Como frutas.
“¿Por qué no hiciste las apuestas?” Yo volví a encogerme de hombros y fue entonces cuando sentí en la cabeza el golpe fuerte. Bastante fuerte.
Recobré el conocimiento en un ambulatorio. Como si hubiera vuelto de un túnel. Me habían arrancado un diente, no sé por qué. Su hueco parecía llenarme toda la boca.
Me costaba trabajo explicar lo sucedido, así que no expliqué nada.
Es curioso que en el mundo puedan ocurrir tantas cosas. Has que las cosas no le ocurren a uno no se da uno cuenta de la cantidad de cosas que ocurren.
Yo, por ejemplo, no sabía que estaba obligado a hacer unas apuestas ni que alguna vez tuve unos dientes de oro como el del portero del cine Macario. Es posible que me confundieran con otro, no sé, porque cuando las cosas ocurren dejan de pertenecernos y se convierten en cosas universales que le pueden ocurrir a cualquiera.
Todos tenemos derecho a que nos ocurran cosas, aunque esas cosas estén destinadas a otro.
Desde aquel día, paso por la calle Trofeo del Rey como quien va a robar un tesoro que no le dará desde luego la felicidad, pero sí tal vez el miedo necesario para seguir viviendo.

Maneras de perder (1997)
Felipe Benitez Reyes

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