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Plato con restos de fruta

1 enero 2019
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En teoría la gente persigue la felicidad.

Recuerdo una vieja imagen, una tarde de julio
en la terraza de una azotea frente al mar.
Tu madre se había roto el tobillo y estaba
dormida en una especie de hamaca de lona
con las piernas al sol. A un lado había
un plato con restos de fruta y unas muletas
tiradas en el suelo.

Yo acababa de cortarme el pelo y se suponía
que estaba leyendo o escribiendo algo
en una pequeña mesa de madera, con cigarrillos
y café, aunque en realidad sólo miraba
esas piernas doradas y el cielo azul
y tal vez el regreso de los barcos y el vuelo
de las gaviotas, no lo sé.

Estábamos allí,
en aquella terraza. Era eso
lo que quería decirte. La gente se arrastra
en pos de fantasías, cuando lo cierto
es que todo está ahí en todo momento:
el sol, los barcos, y también las muletas
tiradas y el plato con la fruta.

No hay que alejarse de las cosas, no hay que ir
a ningún lado, eso es lo que ahora creo.
Después de todo,
resulta que al cabo de los años
lo más valioso que tienes es aquello
que conseguiste retener sin proponértelo.

Aquello que la vida te ponía en las manos
completamente gratis. Aquella tarde dorada,
aquella luz y aquel escueto vestidito amarillo
de tu madre, a través del cual aún sigo viendo
la delicada forma de su cuerpo
que de alguna manera -al menos para mí-
también era la forma de la felicidad.

Fernando Luis Chivite

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