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13 septiembre 2018

    Desdoro de la nostalgia. El tiempo nos engaña bajo la máscara del espacio, dice Schopenhauer. Una ilusión que afecta de manera especial a los que se van. A los que se alejan y sueñan con volver. Pero también, por otro lado, en cierto modo, a los que nos quedamos. Hay un tipo de literatura del hombre que se queda en su ciudad. Tiene siempre la infancia al alcance de la mano. Y de la vista. Los mismo patios con la misma ropa tendida, azotados por la misma lluvia año tras año. Las mismas calles y plazas de siempre. Cargadas de voces de muertos. Y de significaciones. Hasta que, por eso mismo, por puro agotamiento, pierden ya toda significación. Lo que suele acabar, desgraciadamente, propiciando la inflexión metafísica. Es la tara de los escritores de la provincia, según Ander Góngora: no poder evitar que la memoria cristalice en metafísica.
—Al final, lo único que hacemos es acordarnos de cosas—dice.
Preferimos no detenernos demasiado. Y supongo que es lo más cabal: no detenerse demasiado. Pero a veces resulta imposible. Algo nos llama la atención y, por supuesto, nos detenemos a mirar. Y sin quererlo ya estamos acordándonos de cosas: esa luz, ese color. Creyendo haber oído un nombre conocido entre el ruido de voces. O vislumbrando por los rincones los matices dorados de no sé qué estúpida eternidad.
Le pregunto a Lander:
—La nostalgia, ¿es un dolor?
—Todo ha desaparecido—dice él.
Por supuesto que sí, querido amigo. Estoy de acuerdo con eso, en gran medida. No hace falta ser demasiado viejo para recordar cosas que ya son de otra época. Imágenes desaparecidas. Actividades y costumbre perdidas para siempre. Incluso olores que ya no existen. Los malditos olores. Esto quizá ha sido siempre así, claro. La sensación de que vamos dejándolo todo atrás. Todo atrás. Pero esa sensación de extrañamiento y de pérdida se ha acelerado enormemente en los últimos cuarenta años. En poco tiempo hemos visto esfumarse artes y oficios ancestrales. Herramientas y labores de las que el ser humano se había servido durante siglos. Y, con ellas, el vocabulario que las acompañaba. ¿Es un dolor, la nostalgia?
Que cada cual responda lo que pueda.
En cualquier caso, la palabra nostalgia se compone de dos raíces griegas, nostos y algia, que significan respectivamente “regreso” y “dolor”. Al principio, ese término, naturalmente, se refería al dolor moral que sentía un individuo al no poder regresar a su lugar de origen. Nostalgia era, pues, siempre, sólo, nostalgia de la patria. Era la aflicción propia de los desterrados. De los soldados. De los exiliados. De los emigrantes. Y, según eso, la patria sería el lugar al que todo el mundo quiere volver.
Aunque la palabra patria suele tener a menudo feos compañeros de parranda. Por un lado, esas ceremonias insufribles donde se recitan poemas y se entonan cancioncillas (o bien penosamente o bien demasiado feroces). Y, por otro, la empedernida jauría de patriotas que enarbolan estandartes, gritan ¡viva! y hacen exhibiciones de puntería. Esto vale, desde luego, para todas las patrias. Es más bien lamentable, pero siempre ha sido igual.
—En rigor, la patria era otra cosa—dice Lander—. Era el lugar en el que se ubicaba la casa de los padres. El escenario de la infancia. Un trozo de pared en un recodo de la calle próximo a un descampado, donde una determinada disposición del sol marcaba el color y el sabor de las cosas vistas por primera vez.
—”Cuando aún había tiempo”—digo.
—Todo el que ha tenido una infancia ha tenido una patria y, a partir de más o menos los treinta años, sueña con ella—dice.
Y, al parecer, no puede evitar creer que, de alguna manera, le gustaría regresar allí. Creer que le gustaría. No obstante, si se hace la pregunta, si se formula correctamente la pregunta, en voz alta y en serio, y se conceden a continuación unos segundos para meditarla con detenimiento, nadie se atreve a admitir que en realidad quiera regresar.
—¿Regresar a la infancia? No, no—musita Lander, retirando la cara hacia un lado como si sólo el hecho de pensarlo le causara un gran cansancio.
Además es imposible.
Lo que no impide, sin embargo, que sigamos inclinándonos a la nostalgia. Nostalgia por todo lo perdido. Olores, lugares, tareas o palabras. La patria, al final, es lo perdido. Incluso los que nunca se han movido de ella sienten su ausencia.
—La nostalgia parece ser un sentimiento del que uno no puede fiarse mucho—le digo a Lander, el oráculo.
Él me echa un vistazo rápido pero no responde. Es el guardián de su elocuente mudez. Apesadumbrado e impertérrito. Su vida se ha detenido. Por eso está aquí. No es que no sepa qué hacer, no se trata de eso. Podría hacer muchas cosas. Pero ha preferido detenerse. Sólo hablar es ya más que suficiente para él.
Lleva una camisa azul y pantalones claros de algodón. Ambas cosas conservan la prestancia de las prendas nuevas y en cierto modo parecen ajenas a su cuerpo completamente inmóvil. Sin embargo, incluso ellas transmiten el infinito cansancio de la persona que las lleva. Podría decirse que no pueden menos que asumirlo. Podría decirse: hasta su camisa nueva es ya una camisa desolada.

Fernando Luis Chivite
(Insomnio) 2007

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2 comentarios leave one →
  1. RITA ESPEJO permalink
    14 septiembre 2018 11:38 am

    que maravilloso como escribe Chivite…me pierdo siempre en su prosa

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