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La fuga de todo

16 agosto 2017

Todo el mundo huye. Todos huimos de algo. Nosotros también huíamos. Huíamos de un montón de cosas. Queríamos sencillamente estar lejos de todo lo que nos rodeaba. Lejos de aquello. La ciudad, la familia, las clases; todo eso. Imagino que es fácil de entender porque siempre es igual. Pero además había otra cosa quizá no tan sencilla. Además de eso, queríamos encontrar el camino verdadero, supongo que podría decirse así. Por esa razón he encabezado este escrito con la frase de Kafka. Entonces no hablábamos de ello, claro. Y si lo hacíamos, no lo nombrábamos de ese modo. Pero en el fondo era eso: buscábamos el camino verdadero. No importa cómo se le llame.  

Lo buscábamos con indolencia porque lo buscábamos en la indolencia. Lo buscábamos con orgullo porque lo buscábamos en el orgullo. Lo buscábamos con aspereza y a veces con verdadera amargura porque lo buscábamos en la aspereza y en la amargura. Y supongo que algo encontramos. Algo vimos. Algo llegamos a vislumbrar, después de todo, de ese presunto camino verdadero. Al menos algunos tramos, estoy seguro. Porque tropezamos con él muchas veces. Tropezamos muchas veces con ese camino verdadero tendido apenas un palmo por encima del suelo. Tropezamos y caímos muchas veces. Y digo que estoy seguro de que se trataba del verdadero camino porque a pesar de las constantes caídas y recaídas nos sentíamos bien. Extrañamente bien.

No teníamos nada. Estábamos totalmente perdidos y solos, tirados en la calle, pasando las noches a la intemperie, en cuartos de mala muerte, en estaciones de tren, en cunetas, en portales, en cualquier parte, cansados, ateridos, hambrientos y sucios, y sin embargo sabíamos que estábamos plantados sobre el mismísimo camino verdadero. Y eso era suficiente para que nos sintiéramos libres y a salvo. Veo que suena estúpido y sin duda es bastante estúpido, porque ni éramos libres, ni, por supuesto, estábamos a salvo de nada. Más bien todo lo contrario: estábamos constantemente al borde del abismo, si puede hablarse así. A punto de echarlo todo a perder en un mal paso. Pero ¿qué importaba? Pensándolo bien, quizá fuera precisamente ésa la clave de todo el encanto: lo cerca que andábamos de acabar mal. No lo sé. El caso es que, después de todo, a pesar de cómo acabó, y a pesar de los malos momento, las dudas, los peligros y todo lo demás, aquello fue, para bien o para mal, lo mejor que he tenido. Aquella época. Y en concreto aquellos meses. Aquellos días. Los largos días de la fuga de todo.

(La fuga de todo) 2003
Fernando Luis Chivite

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