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El viaje oculto

29 julio 2017

Aun a pesar de que, en principio, hay algo supuestamente grato en el amanecer, algo supuestamente esperanzador, algo incluso supuestamente emocionante y hermoso, a qué negarlo, y la mayoría de las veces estaríamos dispuestos a admitir que el comienzo del día nos infunde un cierto ánimo, una cierta inexplicable alegría, para levantarnos, asearnos y de nuevo sentarnos juntos en torno al café caliente del desayuno y compartir el pan del día anterior como si nada hubiera pasado, es preciso tener mucho cuidado con ese comienzo del día. O más exactamente, con el instante inmediatamente posterior a ese comienzo del día. Ya que, de hecho, para quienes, como nosotros, han sido expulsados al margen del tiempo, ese es un instante peligroso (quizá el instante más peligroso de todos); y lo es por la sencilla razón de que ya no queda nada que realmente pueda comenzar para nosotros, nada en cuyo comienzo podamos realmente creer. Por lo que nuestra tendencia natural sería, en el fondo, la de no hacer nada, la de no mostrar interés por nada, la de permanecer en la más absoluta inmovilidad.

Pero naturalmente tenemos que huir de esa excesiva inmovilidad. Se supone que es preciso hacer algo, no importa qué. Montar y desmontar relojes, escribir un diario, pasear por el bosque, cualquier cosa. Hay que moverse, hay que salir, hay que abrir los ojos. Hay que mirar a uno y otro lado, aunque sólo sea para desentumecer los músculos del cuello.

[…]

Sabemos demasiadas cosas. Sabemos tantas cosas que estamos atrapados por las cosas que sabemos. Estamos completamente atrapados y condicionados por lo que sabemos. Y sin embargo siempre queremos saber más. Creemos que si logramos saber algo más dejaremos de estar atrapados. Creemos que sabiendo algo más, o mucho más, acabaremos encontrando una salida. El conocimiento nos hará libres, eso es lo que pensamos. Pero eso no es cierto. Lo cierto es que cuanto más conocimiento acumulamos a nuestro alrededor más atrapados nos sentimos. Más atrapados y más condicionados y más angustiados por ese conocimiento que al final se descubre como la mejor de las cárceles. La mejor de las cárceles y la mejor de las prisiones. Porque no puede haber una prisión mejor que aquella que uno construye para sí. Aquella cuyos barrotes están hechos con sus propios deseos y con sus propios sueños. Aunque quizá sea eso lo que todo el mundo quiere en realidad. Construir su prisión, simple y llanamente. Quizá sean prisiones, después de todo, lo que en verdad queramos. Quizá lo que queramos no sea buscar una salida, sino precisamente cerrar todas las salidas. Tapiar todas las salidas posibles.

[…]

Primeros días del año.

Acaba de salir el sol y de repente se ha iluminado una vez más la superficie de la mesa y la caja de lápices. La chimenea está encendida y tengo que pasar la mano por los cristales para poder mirar al exterior.

Son las doce de la mañana. El paisaje sigue completamente blanco. Y el cielo completamente azul.

Ahora voy a dejar de escribir y voy a quedarme aquí sentado un poco más. Sin hacer nada. Mirando por la ventana. Quiero mirar despacio esta luz de enero, la luz de esta mañana soleada.

Quiero mirar esta luz y quedarme con ella por si en los días futuros nos faltara. Por si el invierno fuera largo y la oscuridad llegara a hacerse demasiado terrible en los días futuros.

[…]

Naturalmente llega un momento en el que empezamos a estar ya un poco cansados. Empezamos a estar cansados y decimos, nos decimos a nosotros mismos: “Estoy cansado, no quiero huir más”.

Nos decimos: “Quiero quedarme aquí durante un tiempo, sentado en esta silla. O en esta butaca, frente al fuego. O en esta desvencijada mecedora, frente a la cristalera. O en esta hamaca de mimbre, en el jardín, bajo el nogal, a la puerta de la casa”.

“No quiero seguir huyendo de nada, no quiero seguir buscando inútilmente. Por mucho que me digan que eso es lo mejor de la vida, buscar inútilmente. Por mucho que me aseguren que no hay otra cosa que el hombre pueda hacer en este mundo que seguir el camino y buscar inútilmente. Yo ya estoy cansado de todas esas cosas y no quiero ir a ninguna parte. No quiero nada. Sólo quiero quedarme aquí y que me dejen tranquilo un poco más. Sin pretender nada, ni trabajar ya en pos de nada. Y sobre todo, sin tener que escapar ya de nada a cada instante. Quedarme aquí por lo menos un poco más. Y no porque piense que este sea el lugar ideal, que naturalmente no lo es, ni porque crea que aquí el color de la hierba sea distinto o el sonido de las flautas más puro que en otros sitios, que naturalmente no lo creo. Sino únicamente porque estoy ya cansado y lo que más quiero es olvidar”, eso es lo que nos decimos.

Sin embargo, es un cansancio necesario. Es preciso sentir ese gran cansancio aunque sólo sea una vez. Hay que estar cansado, muy cansado de todo, aunque sólo sea una vez. Es necesario: estar cansado. Estar terriblemente cansado. Llegar incluso a creer que ya no podremos hacer nada más. Llegar a tener la impresión de que ya nunca podremos mover siquiera un dedo para evitar que la manta resbale suavemente hasta el suelo. Que ya nunca seremos capaces de girar el cuello hacia la puerta para mirar quién viene. Ni mucho menos de erguirnos y dar tres pasos seguidos para alcanzar el interruptor de la luz al atardecer.

[…]

A veces, para seguir viviendo es preciso no hacer nada. Saber estar sin hacer nada. Quedarse quieto. Permanecer sentado en una silla con los brazos cruzados, por ejemplo, sin volverse loco. Sentado en una silla, con los ojos cerrados (en una habitación por supuesto vacía), y con los brazos cruzados durante algunas horas.

Luego, naturalmente, también eso se acaba, puesto que todo se acaba en realidad. Y entonces hay que levantarse, abrir la puerta y salir a dar un largo paseo. Que llueva o nieve es lo mismo, eso no importa. Enseguida nos acostumbramos a las condiciones del camino.

Es el momento, entonces, de referirse al olor de la lluvia (o al olor de la nieve, si eso es posible) y a las líneas y colores de las cosas que nos rodean. El color oscuro de la carretera, el color rojo de los tejados, allá a lo lejos, el color pardo de los árboles o el color blanquecino del cielo y de la nieve. Pero con la máxima lentitud posible. Intentando en todo momento que ese empezar a hacer algo sea casi un no hacer. Que ese caminar sea casi un no caminar. Y que ese hablar del camino y describir el paisaje sea casi un no decir nada.

Con la máxima lentitud, como digo, y por supuesto sin propósito alguno, sin ninguna esperanza. A veces, para seguir viviendo, o mejor, para empezar a vivir, o para volver a vivir, lo sé perfectamente, es preciso carecer de propósitos y tratar de moverse lo más despacio posible, nombrando las cosas con la máxima lentitud, y mirándolo todo, si eso fuera posible, con la máxima lentitud.

(El viaje oculto) 2001
Fernando Luis Chivite

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