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El invernadero

13 marzo 2017

Filosofía de invernadero

“De todas formas, un hombre debe estar en todo momento en contacto con su oscuridad. Con su fracaso. Y dispuesto (o al menos avisado) para perderlo todo en el minuto siguiente. La sombra está siempre ahí. Uno puede rozarla con la punta de los dedos, sin darse cuenta, en cualquier momento. Al levantar una taza para echar el café de la mañana. Al coger el abrigo. Al girar la cabeza para ver quién pasa por la calle. No importa lo que uno tenga. No importa lo que haya logrado”, dijo Furey  con énfasis dramático, medio emboscado tras la espesura del invernadero.

Un pequeño inciso al comenzar el año

La mañana, la luz, el comienzo, el olor del café, esas cosas. Los ruidos en la escalera, las voces humanas, los propósitos, los días, la confianza, todo eso. Las palabras elegidas, la necesidad de creer en algo, incluso el amor a la vida, todo es lo mismo. El deseo, el sexo, las canciones, las imágenes futuras que pretendes haber visualizado. Ese feliz paseo al atardecer por la orilla del mar o por donde sea: todo es precario y escaso. Todo es insuficiente y está tocado por la sombra y ajado por la sombra y anegado en temporalidad. Todo es amargo y proyecta su inclemencia y su amargura una y otra vez. Y sin duda, es cierto, resulta por un instante hermoso y verosímil. Y hasta emocionante y conmovedor. Pero a la vez es cruel, asfixiante, terrible, fugaz, póstumo.

Creemos que habrá una coherencia en los hechos, pero en realidad no tiene por qué ser así

Creemos, tendemos a creer, en la lógica de los acontecimientos. En el desarrollo ordenado del drama. En los puntos de inflexión y en los momentos decisivos. En las leyes de la ficción, en el suspense y en la estructura clásica de las películas y de los cuentos. Pero naturalmente no tiene por qué ser así. Lo que hay es un ir. La vida es una especie de ir. Vamos. Todos nosotros. Vamos hacia adelante. Y eso es todo. O quizá, incluso, ni siquiera tanto. Quizá, en muchos casos, habría sencillamente que referirse a un mero dejarse llevar. O a un mero estar ahí. Porque, por supuesto, la cuestión del “hacia dónde” es demasiado oscura, solo admite conjeturas. Por no hablar del “porqué”, claro. Más conjeturas. De modo que lo importante al final (ya que nos gusta, o necesitamos, o no podemos evitar dar importancia a algo), es el cómo. Puesto que vas (o puesto que estás ahí), lo importante es cómo vas (o cómo estás ahí). El cómo. Más que el adónde. Y más que el porqué. ¿Qué importa el adónde? ¿Qué importa el porqué?

El invernadero (2016)
Fernando Luis Chivite

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