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Una respuesta sin pregunta

19 febrero 2017
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Iba de camino a tomar el autobús para volver a casa, estaban las calles congeladas y resbalé. Me gusta el invierno y el frío por la mañana, cuando se dejar ver entre los rayos del sol. Caminaba pensando en él y en la noche. Hacía menos de doce horas había tomado un taxi para ir a su casa. No tenía pensado hacerlo. Estaba en mi cama, por dormir, pero me vestí, salí a la calle y busqué un taxi. No sé si fue instinto, deseo o desesperación. La necesidad de aliviar lo que no se puede convertir en palabras suele tomar muchos nombres. En mi caso no hizo falta el lenguaje, me bastó con tomar un taxi. Llegué a su casa y le sonreí. Lo quise como lo he querido desde el primer día; para siempre, sin límites, sin remedio. Pero querer no alcanza nunca, ni siquiera cuando es para siempre. Eso parecía decirme sin querer y con cierta culpa mirándome a los ojos. Yo le devolví la mirada sabiendo que quererlo era una respuesta a todas las cosas. La única respuesta y la más inútil de mi vida. Una respuesta sin pregunta, el amor incontenible. Después amaneció. Preparé el desayuno. Tomamos café y reímos, pero dolía, siempre duele. Todo es breve cuando no puede ser. Dura, pero sobre todo termina. Recogí mis cosas gritando en silencio palabras rotas, pero fui incapaz de romper el silencio. Si no alcanza querer, ninguna palabra alcanza. Pero si vivir no alcanza, ay. No sé despedirme pero me fui. Tenía que irme porque siempre todo sigue ahí, la vida cada día sigue ahí. Al pisar la calle suspiré. Enseguida el desconsuelo volvió a morderme el corazón, pero me concentré en el frío. Sentir el frío es repetir un mantra. Crucé la calle y fue entonces, en mitad del paso de cebra, cuando resbalé. Ningún intento de estabilidad me permitió encontrar equilibrio y caí hacia atrás. El abrigo amortiguó el golpe, una triunfal caída de culo. A falta de dolor, lo primero en llegar fue la risa. Me dio pena no encontrar a nadie a mi alrededor con quien compartirla. A pesar de la soledad me sentí ridícula. Primero por la caída, luego por algo más. No estoy segura de qué. Pero el verdadero golpe no lo recibí al caer sino cuando la sensación de ridiculez me sacudió por dentro. Lo sigo queriendo para siempre, y si eso no alcanza, tendrá que alcanzarme con vivir. Ay.

Rocío

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