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La tapia amarilla

7 febrero 2017

Ahora que todos están dormidos y el brillo de la noche azula el cristal de la ventana. Es como si se hubiera olvidado todo, pienso. Como si se hubiera olvidado por completo y para siempre aquello que, en realidad, era lo único importante. El lugar del que venimos, el ser del que venimos, pienso ahora. O aunque no sea del todo así, puesto que nada es olvidado en realidad, nada es, en realidad, olvidado por completo, eso lo sabe también todo el mundo, es como si nada hubiera existido o como si, lo que ha existido desde siempre, ya no tuviera ninguna importancia. Lo que era ya no es, lo que se había pensado ya no se piensa. Así es como todos vemos desaparecer nuestra vida, y la perdemos. De repente aquello que éramos ya no lo somos, aquello que pensábamos ya no lo pensamos. Y no sabemos qué somos ni por qué hemos dejado de ser el que éramos. Y no sabemos qué pensamos ni cuál ha sido la razón verdadera de que hayamos perdido nuestros pensamientos, pienso ahora, tirado aquí en la penumbra de esta cocina. Y conforme más perdida tenemos nuestra vida, conforme más desaparecido está el ser del que venimos, el lugar del que venimos, conforme más lejano está aquel que éramos, y más fragmentado y muerto está nuestro pensamiento, con mayor indiferencia admitimos todo lo que nos sucede. Con mayor indiferencia, y con total indiferencia, tendemos a asemejarnos a nuestros semejantes. Con mayor abandono y a la vez con mayor esfuerzo tendemos a asimilarnos a ellos, a confundirnos, a parecernos a ellos. A hacer lo mismo que ellos hacen, a pensar lo mismo que ellos piensan, a ser lo mismo que ellos son. Con mayor esfuerzo y a la vez con mayor indefensión y con mayor temor aceptamos todo lo que nos sucede. Por terrible que sea, que lo es. Por definitivamente maligno y letal que sea, que lo es, pienso ahora que todos duermen pero que yo no puedo dormir. Lo aceptamos y además nos aferramos a ello. Nos aferramos a lo que nos sucede con  total indefensión. Con total indefensión, pero a la vez con toda la fuerza y toda la violencia de la que somos capaces. Nos aferramos a lo que nos sucede con toda la violencia y toda la ferocidad de la que somos capaces. Sólo que, en ocasiones, al anochecer, en la oscuridad de la habitación, recordamos, de pronto, algo que quedó enterrado en algún lugar, pienso ahora con los ojos cerrados. Con los ojos cerrados, o con los ojos muy abiertos en la oscuridad, recordamos, de pronto, algo que quedó enterrado en algún lugar, hace mucho tiempo. Ya no sabemos muy bien dónde, ya no sabemos muy bien qué. Abrimos los ojos en la penumbra de la noche, cuando todos duermen, aferramos las mantas con todas nuestras fuerzas y recordamos que hace ya mucho tiempo dejamos algo enterrado en alguna parte. No sabemos de qué se trata en realidad, pero presentimos que era algo verdaderamente valioso. No era una luz, pero era algo luminoso y valioso como una luz. No era un olor, pero era algo grande y profundo como un olor. Recordamos que algo quedó enterrado hace mucho tiempo y sabemos que, aunque ahora ignoremos ya de qué se trata, ese algo era lo más valioso que hemos tenido nunca. Más valioso que el aire. Más valioso incluso que la luz. Lo más valioso.

La tapia amarilla (1996)
Fernando Luis Chivite

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