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Yo también pude ser Jacques Daguerre

28 septiembre 2016
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Cuando Daguerre tomaba la vista de una de las calles
de París, acertó a pararse en la acera una persona
con el propósito de que le limpiaran el calzado; allí
permaneció, junto con el limpiabotas, el tiempo
suficiente para grabar la placa, y así pasaron a la
posteridad, como los primeros seres humanos
fotografiados en el mundo.

Orlando Hernández, La Fotografía.

I.

Es una calle solitaria de París
y es todavía 1839.
Eso es la eternidad:
un transeúnte y un limpiabotas
ajenos a la posteridad y al éxito,
ajenos a mí y a este poema.
30 minutos en la esquina bastan.
Lo pulcro del calzado es más notorio ahora
desde esta casa de La Habana al final del milenio.
La misma calle de París es más notoria ahora
con sus sombras, sus árboles,
sus franceses que no se detuvieron
a lustrarse el calzado para siempre.
Al fondo, los edificios no le dan importancia
–vanidad de la piedra–;
al fondo, pasa, escapa, el lento ruido de los carruajes.
Ellos no posan.
Ellos ignoran la duración del gesto.
Pudo ocurrir que el limpiabotas terminase
en sólo diez minutos, sin tiempo suficiente para grabar la placa.
Pudo ocurrir que el hombre decidiera lustrarse
el calzado más tarde, o antes, o nunca.
Pudo ocurrir que fuera en otra esquina de la ciudad
y otro día, no ahora en esta larga tarde de 1839, siempre.

Era París: todo pudo ocurrir menos que ellos,
ajenos a la eternidad, lo fueran.
Pero sólo ocurrió que los sucios zapatos
desentonaban con las calles de Montmartre,
con el agua del Sena,
y que las damas no hubieran mirado al monsieur
si no se detenía para que yo supiera su existencia.
Entonces heme triste, sinceramente triste,
porque nunca me han retratado limpiándome el calzado
(a nadie le preocupa este tipo de fotos:
la eternidad es siempre incomprensible.)
Todos los cumpleaños deberían tener esta foto en su álbum:
el niño con las manos en la espalda, el pie en el banco,
dejándose grabar para los siglos.
Todas las bodas: el novio sobre el banco y ella de pie,
alzándole la cola al traje,
disfrutando el tremendo acto de amor del cepillado
y lanzando de espaldas el bouquet,
escogiendo al azar la próxima muchacha eternizable.
Es una calle solitaria de París.
Nadie se asoma a las ventanas,
nadie les pide que sonrían.
No tienen nombre, ni identidad, ni rostro:
dos siluetas borrosas en la placa de cobre.
Luego Daguerre bajará, entusiasta y feliz,
a decirles que sobrevivirán a sus contemporáneos.
Pero sólo hallará la esquina solitaria,
los árboles sombríos, los carruajes que escaparon al lente.
Sólo polvo y París.
Y no sabrá jamás a quién ha eternizado.

II.

Yo también pude ser Jacques Daguerre,
y él pudo ser este poeta que se limpia el calzado
en una calle solitaria de París, en l839.
Y tú, lector, pudiste ser el limpiabotas
que detiene el trabajo para leer este poema
mientras el transeúnte se aburre y se va
pensando que está perdiendo el tiempo.

Luego Daguerre bajará, entusiasta y feliz,
y pondrá el pie izquierdo sobre el banco,
las manos en la espalda,
30 minutos nada más,
suficientes para que yo lo retrate
desde mi estudio en La Habana,
al final del milenio.

Alexis Díaz-Pimienta

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