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17:30 h.

7 mayo 2016
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Extraños que os cruzáis conmigo por la calle,
que rozáis vuestro anónimo
hombro contra el mío,
o bebéis, distraídos, un café
a media tarde, en medio
de una plaza con flores.

Confieso que os espío.

Piernas, dedos, escotes, rostros, pechos,
espaldas, ojos, frentes y cinturas.

Tantas formas de estar y de moverse.

El gesto de extender la mano abierta,
un bostezo o el pie
que, impaciente, repica contra el piso,
el codo que apuntala
la inopia del mentón,
la oreja que sujeta detrás de sí el cabello,
la pierna que se cruza y se abanica.

Sin nada que saber de vuestra historia,
más allá de la piel que me mostráis,
envidio, insanamente, vuestros pasos,
pues parecen llevaros a algún sitio
y diría que vais
lo mismo de feliz que otro cualquiera.

Desde el cristal oscuro de mis gafas
siempre he querido ser como vosotros.

Inmaculada Pelegrín

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