Skip to content

Apéndice de El coloso de Marusi

14 marzo 2016
tags:

Acababa de escribir la última línea cuando el cartero me entregó una característica carta de Durrell, fechada el 10 de agosto de 1940. La transcribo para completar el retrato de Katsimbalis.

Los campesinos están tumbados sobre cubierta comiendo sandías; las canaleras chorrean jugo de sandía. Es una gran muchedumbre que va en peregrinación a la Virgen de Tinos. Acabamos de salir precariamente del puerto, escrutando la línea del horizonte por si aparecen submarinos italianos. Lo que verdaderamente quiero contarte es la historia de los gallos de Ática; servirá demarco a tu retrato de Katsimbalis, que todavía no he leído, pero que parece maravilloso según todo lo que me dicen. La historia es ésta: la otra tarde subimos a la Acrópolis, muy borrachos y exaltados por el vino y la poesía; hacía una noche oscura y muy calurosa, y el coñac rugía en nuestras venas. Estábamos sentados en los escalones, ante la puerta principal, pasándonos la botella, Katsimbalis recitando y G. lloriqueando, cuando de repente K. fue preso de una especie de arrebato. Dando saltos, gritó: «¿Queréis oír a los gallos de Ática, malditos modernos?». En su voz había un asomo de histeria. No le contestamos, pero él tampoco lo esperaba. Dio una carrerilla hasta el borde del precipicio, como una reina de cuento de hadas, una reina negra y pesada en su negra vestimenta, echó la cabeza hacia atrás, golpeó con la empuñadura de su bastón en su brazo herido, y lanzó el clarinetazo más terrible que he oído. ¡Quiquiriquí! El grito repercutió por toda la ciudad —una especie de bola sombría punteada de luces semejantes a cerezas. Retumbó de montículo a montículo, y subió como una rueda hasta debajo de los muros del Partenón…Estábamos tan asombrados que nos quedamos mudos. Y mientras nos mirábamos unos a otros en la oscuridad, allá en el horizonte, matizado en su oscuridad por una plateada claridad, un gallo contestó soñolientamente; después otro, luego otro más. Eso enloqueció a K. Pavoneándose como un pájaro que va a lanzarse al espacio, y sacudiendo las puntas de la chaqueta, lanzó un terrorífico alarido, y los ecos se multiplicaron. Siguió vociferando hasta que las venas casi le saltaron de la piel, semejando de perfil a un gallo cascado y envejecido, batiendo las alas sobre su propio estercolero. Aulló de una manera histérica, y su auditorio del valle siguió creciendo hasta que de un extremo a otro de Atenas, gallo tras gallo lanzaron su canto contestándole. Finalmente, entre risa e histeria, tuvimos que pedirle que se detuviera. La noche estaba llena de cantos de gallos, y toda Atenas, toda el Ática, toda Grecia y hasta llegué a imaginar que te despertabas del sueño que habías echado en tu despacho neoyorkino al oír aquel aterrador clarinetazo argentino: el canto del gallo katsimbaliano que resonaba en el Ática. Fue algo épico: un momento grandioso y del más puro Katsimbalis. ¡Si hubieras podido oír a esos gallos, el frenético salterio de los gallos de Ática! Soñé en ello durante dos noches seguidas. Bien, nos dirigimos a Mykonos, resignados, ahora que hemos oído los gallos del Ática desde la Acrópolis. Me gustaría que escribieras esto; es parte del mosaico…
LARRY

El Coloso de Marusi (1941)
Henry Miller

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: