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14 octubre 2015
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Si a nosotros un día se nos ocurriese encontrarnos
(de lo que en el fondo dudo)
elijamos por amor de Dios un lugar
en el que ninguno de los dos haya estado antes.
Una isla cualquiera perdida en el mar Egeo
o una playa cerca de Alejandría.

Un lugar cuyos jardines nocturnos no nos lleven
inmediatamente a considerarnos nosotros mismos
como fantasmas, donde la gente al vernos
no piense inmediatamente
en el que murió después de la última vez que nos vimos
y donde no participamos en sus historias.

Podríamos pasar la noche juntos
bebiendo, hablando de nada
y tal vez remando en el mar a la luz de la luna
y si no se nos ocurriera ahogarnos
nos separaríamos justo antes de la salida del sol
felices, antes de volver a estar sobrios.

Si existiese un lugar así
(de lo que, como ya he dicho, dudo),
un lugar donde ni siquiera ciertos rayos del sol tardíos
y el aroma de ciertos arboles nocturnos
nos recordasen de vez en cuando que ya hemos intentado
todo esto muchas veces, sin éxito.

O abandonemos la idea de encontrarnos.

Henrik Nordbrandt

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