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Anactoria

8 octubre 2015
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(Cara B)

No soporto a los griegos ni a su podrida belleza.
Ni a sus estatuas, cuyos dulces límites apenas pueden contener toda
la escoria acumulada por un planeta en fuga.

Todo en su sitio. Todo en su sitio.

Hasta el aburrimiento.

Porque la suma del cuadrado de los dos catetos
a veces se parece al dolor del bajo vientre cuando sangra,
y un triángulo isósceles es lo más cercano a la melancolía
cuando resuelve sus aristas de miel entre las costillas.

Porque la luna llena no fue nunca una circunferencia perfecta,
y estoy más que cansada del mes de mayo y de sus símbolos.
Y de las flores.
Sobre todo de las flores.
Malditas violetas como monstruos.

Porque los griegos se llevaron el mármol para levantar sus estatuas y sus templos
y a nosotras tan sólo nos dejaron el barro.

El barro con que jugabas de niña en un rincón callado modelando a nuestros héroes:
a Aquiles hinchado de soberbia, al sabio Néstor, al ignorante Agamenón, al vagabundo Ulises, a
la paciente Penélope, al cobarde Tersites, que era mi preferido.
Y a todos ellos yo les exigía la vida con estas manos pequeñas que nunca
aprendieron a tocarte.

Anactoria.

Te estás convirtiendo poco a poco en un nombre entre mis labios;
y ya eres sólo una música triste que intento repetir entre la gente;
y te voy deshilando, deshilando
como el vestido de una muñeca vieja,
como un vano residuo de mi aliento,
como cuando le hablo a alguien de ti sin esperar que me escuche.
Como una rueca que gira sin sentido entre las cejas.
Y me doy miedo.

Anactoria,

me está doliendo en la espalda el peso triste de la astronomía
y en los ojos esa estaca definitiva, clavada en todos los desiertos sin nosotras,
para demostrar que la tierra no paraba de girar, como temíamos.

Pasan ejércitos terribles al empezar la noche
y un galope de hermosos corceles se lleva, como el viento, el pulso de los héroes.
Y los dioses bailan borrachos y escupen sobre el oro de sus propias estatuas.
Y entre risas me preguntan: «Cuéntanos, cuéntanos tu virtud: ¿acaso no es el amor una lámpara de hielo?»

Pero yo ya no sé cuál es mi virtud,
ni qué mano pone en hora la golondrina del alba.
Yo sólo quisiera ahora rescatarte del barro.

Yo sólo pido ahora volver a hacer tu cara
con este bajo barro de la noche más simple.

Y prenderle fuego como a una delicada antorcha
que tiembla sola al borde de los acantilados,
o como la luna que surge, inevitable, para empequeñecer a las estrellas.
Y verla brillar desde la oscuridad donde me quedo.

Juan Manuel Macías

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