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Guía de Madrid

2 junio 2014

Cuando Juanjo decidió viajar a Madrid por primera vez en su vida, se compró una guía de Buenos Aires porque las de Madrid se habían agotado en la estación de su ciudad. «Al final, todo son calles», pensé. Y en efecto, todo era calles. Qué más daba que se llamaran de un modo y otro. Lo importante era que siguiéndolas salías a otras calles que desembocaban a su vez en arterias idénticas a las anteriores. La calle, pensó, es uno de los inventos más curiosos del hombre: aparece para contrarrestar la diabólica infinitud del campo, pero finalmente se vuelve más complicado que él. Por eso la gente se va a la sierra los fines de semana.
Juanjo llegó, pues, con su guía de Buenos Aires a la estación de Atocha y lo primero que hizo fue mirar el plano de la ciudad para situarse imaginariamente en algún sitio. «Estoy en esta esquina», se dijo colocando el dedo índice al azar sobre una esquina de Buenos Aires. «Si sigo esta avenida, llegaré aquí.» Dicho y hecho. Comenzó a caminar con la bolsa de viaje en la mano por el paseo del Prado y llegó a «Aquí». «Aquí» era casualmente Cibeles, pero podría haber sido cualquier otro lugar. Miró el plano de Buenos Aires y vio en él una plaza. Decidió seguir el plano a la derecha y de este modo alcanzó la Puerta de Alcalá, desde donde, siempre con la guía de Buenos Aires en la mano, llegó a Velázquez. Allí encontró una pensión con pretensiones de hotel. Era mejor una pensión con pretensiones de hotel que un hotel con instinto de pensión, pensó, pidiendo alojamiento en perfecto castellano.
Si en lugar de haber encontrado una guía de Buenos Aires hubiera comprado una de Londres, habría tenido que hablar en inglés, se dijo, menos mal. Aunque justo en el momento de decírselo salió del fondo del establecimiento una pareja que se dirigió en inglés a la chica de recepción sin que ésta mostrara extrañeza alguna. O sea, que no sólo se podía viajar a Madrid con una guía de Buenos Aires, sino con el idioma que te diera la gana. Él sabía un poco de francés, de modo que probó suerte, para ver qué pasaba, y dijo a la recepcionista:
Bonjour, madame. Il fait froid.
Oui, monsieur —respondió la chica.
Una vez hecha esta comprobación, Juanjo regresó al castellano, porque le era más cómodo. Pero le pareció que había en el mundo un exceso de guías de viaje y de idiomas y de información… Al final, todo se reducía a decir hace frío, hace calor, etcétera. Una vez en su habitación, pensó que había también un exceso de museos, y de restaurantes. En su guía de Buenos Aires venían tres páginas de museos y cuatro o cinco de restaurantes. En la sección «Adónde ir por la noche», vio infinidad de salas de fiesta de barras americanas. América estaba en todas partes, qué curioso. Ningún ser humano podría visitar todos esos museos ni comer en la mitad de los restaurantes de la guía, aunque viviera cien años. Qué desperdicio.
De todos modos, como era partidario de los viajes culturales más que de los de mero placer, al día siguiente decidió visitar un par de museos elegidos al azar en la guía de Buenos Aires. El primero era un museo de costumbres. Le pareció que estaría bien conocer las costumbres del lugar. Se colocó, pues, en una esquina cualquiera de Velázquez y fue torciendo a derecha e izquierda, siempre según las indicaciones del plano de Buenos Aires, hasta llegar por casualidad al Museo Lázaro Galdiano de Madrid. No se trataba exactamente de un museo de costumbres, aunque en alguna medida todos los son. La visita le abrió el apetito, y al acabar el recorrido se metió en el primer restaurante que le salió al paso. No venía en la guía de Buenos Aires, pero ninguna guía es exhaustiva.
De todos modos, comió tan bien que a los postres, en agradecimiento, informó al chef de que no aparecían en la guía. El chef echó un vistazo al libro y argumentó que se trataba de una guía de Buenos Aires.
— ¿Y qué más dará eso? —replicó Juanjo pidiendo un coñac.
Pasó una semana en Madrid y no dejó de visitar ninguno de los monumentos que aparecían señalados como importantes en la guía de Buenos Aires. Cuando regresó a su ciudad, su madre le preguntó qué tal le había ido en Madrid, y él dijo que finalmente había estado en Buenos Aires.
— ¡Ah! —respondió la madre.
— Ya ves —añadió él.

(Los objetos nos llaman) 2008
Juan José Millás

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