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El novio de la niña

7 mayo 2014

“Cuando su hija se lo propuso, la idea no le hizo ninguna gracia. Desde que la estrenaron, se había negado a ver aquella película. Le había dicho que no a su novia, a sus amigos, a su hermana y hasta a un par de compañeros de trabajo que le dejaron plantado en medio de la calle para meterse en un cine, porque la reunión de la semana anterior había sido tan corta que acabaron casi cuatro horas antes de que saliera el AVE. No le importó. Él no iba a ver esa película, no quería verla, por nada del mundo se enfrentaría otra vez a los restos de su naufragio personal, no volvería a cargar con muertos que no le correspondían, ni asistiría al hundimiento colectivo de su viejo sueño personal. Si otros querían hacerse el haraquiri en público, allá ellos, y sin embargo, allí estaba, “aquí estoy”, eso se dijo al sentarse en su butaca. Y todo porque el colapso que le había supuesto ver al novio de su hija, de su niña, su chiquitina, aquella monada a la que leía cuentos y llevaba sobre los hombros hacía nada, pero lo que se dice nada, había sido tan brutal que cuando ella le dijo que habían pensado cambiar por el cine la cena que estaba prevista, él había comprendido que cualquier cosa sería mejor que estar sentado dos horas con aquel maromo más alto que él, más grande que él, más fuerte que él, que estaría dispuesto a saltarse el postre con tal de meterse en la cama con su niña lo antes posible.

“¿Y qué quieres?”, le había dicho su ex mujer cuando la llamó por teléfono para comentar la novedad, “si en febrero va a cumplir diecinueve años…”. “¿Diecinueve años?”, pensó él, “no puede ser”, pero así era. Por eso estaba allí, con aquel memo que se había atrevido a preguntarle si quería palomitas. “No, yo nunca como palomitas, y por cierto, ¿tú cuántos años tienes?”, disparó a bocajarro. “Veintidós”, le contestó. “Ya”, pensó él, “veintidós y comiendo palomitas”, pero no dijo nada, porque su hija acababa de encargar otro supermenú para ella. “Y ahora, encima, el Che Guevara en versión Hollywood; desde luego, hay que tocarse…”. Pero en la primera hora de película no se tocó nada. Después, cuando escuchó cómo contestaba el Che a esa periodista rubia, tan yanqui ella, que la principal cualidad de un revolucionario es el amor, sí tuvo que frotarse los ojos, porque estaba emocionado, porque se había emocionado como un imbécil, a su edad. La emoción no perjudicó a su concentración, sin embargo. Estuvo esperando la debacle, el diluvio, la crueldad sanguinaria, el implacable puño de hierro, los muertos inocentes, la perversidad del héroe, la transformación de los guerrilleros en esbirros, la traición al género humano, hasta el final, pero al final, el Che tomó Santa Clara, y siguió siendo él mismo, el Che Guevara, símbolo de la lucha popular, de la liberación de un país oprimido, de una revolución justa y triunfante.

Cuando se encendieron las luces no se lo podía creer. Había disfrutado como un enano y no se lo podía creer, porque quedaba la segunda parte, sí, eso ya lo sabía, pero la primera no se la iba a quitar nadie… Entonces, de repente, se acordó de que había ido al cine con su hija, y con su novio, y les miró. “¿Qué?”, preguntó, “¿os ha gustado?”. Ella se echó a reír. “Pues sí, pero seguro que menos que a ti, ¿no?”. “Eso seguro”, y sonrió él también, siguió sonriendo hasta que el novio de la niña dijo que a él no, que no le había gustado la película porque era demasiado ingenua… “Perdona, ¿qué has dicho?”, el padre de su novia le miraba con los ojos muy abiertos, “¿qué adjetivo has elegido?”. Él volvió a decir que la película era ingenua. “¿Ingenua, por qué?”. “No sé”, respondió el chico, “porque los buenos son demasiado buenos y los malos demasiado malos, ¿no?”.

Se le quedó mirando a los ojos un instante, con la actitud de un pistolero que intenta calcular si podrá desenfundar más deprisa que su enemigo, y se dijo que no, no, no, que ya estaba muy mayor, que se iba a cansar mucho, que no merecía la pena, en serio, no, que no… Se lo repitió muchas veces, mientras salían de la sala, mientras subían las escaleras, mientras andaban hacia la calle, “no, que no, déjalo, en serio, para qué vas a meterte en nada, qué agotador…”. Y sin embargo, cuando ya estaban en la acera, le echó un brazo por los hombros al novio de su hija. “Creo que ha llegado el momento de que tú y yo tengamos una conversación”, le dijo. Él se puso colorado. “Bueno, no, yo creo que no hace falta, yo quiero mucho a tu hija, pero no pensamos casarnos ni nada, no tienes que…”. “No, no, no”, le corrigió a tiempo, “tranquilo, que no vamos a hablar de eso”.

¡Ah!, el comedor de palomitas se relajó, pero no habría debido. Claro que de eso sólo se dio cuenta cuando su futuro suegro echó a andar sin soltarle, mientras le decía: “Vamos a ver, chaval, define ‘ingenuidad’, para empezar…”.

(Publicado en El país Semanal del domingo 12 de octubre del 2008)
Almudena Grandes

Celebro su cumpleaños con un artículo que guardo desde hace tiempo.
Que los cumpla muy feliz.

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