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Viajes y otros viajes

6 febrero 2014

El tío de Lucca en Singapur
Conversación con Paolo Di Paolo

“A menudo imaginaba que me iba. Me veía subiendo a uno de aquellos trenes durante la noche, a escondidas… Llevaba conmigo un minúsculo equipaje, mi reloj de agujas fosforescentes y mi libro de geografía”, dice el personaje de un relato suyo, “Las tardes del sábado” (El juego del revés, 1988). El infinitivo “irse” ¿qué imágenes evoca en usted? ¿Cuándo empezó a pensar que podría atañer a su vida?

Es comprensible que un joven, tras haberse pasado la infancia con el monótono horizonte de una campiña (aunque sea la hermosa campiña toscana) y un interminable año de adolescencia metido en la cama a causa de una enfermedad en una rodilla y soñando con los libros de Stevenson y de Conrad que me proporcionaba mi tío, es comprensible que ese joven deseara irse. Pero lo que me decidió a hacerlo no fueron las novelas de viajes lejanos, fue una película: La dolce vita de Federico Fellini. En retrato de Italia que Fellini proporcionaba en aquella película feroz no correspondía a lo que Italia quería que un escolar creyera. Tras acabar el bachillerato, no me sentí con ánimos para inscribirme de inmediato en la universidad y preferí, con la complicidad de mi padre, marcharme a París. En aquello tiempos no había Erasmus y los estudiantes nos manteníamos fregando platos, aparte de que ser auditeur libre en la Sorbona no auguraba una brillante carrera. Pero París supuso el descubrimiento del mundo o por lo menos el descubrimiento de que el mundo es grande. Porque no es cierto que el mundo sea pequeño. Tampoco es verdad que sea una “aldea global”, como pretenden los medios de comunicación. El mundo es ancho y ajeno. Por eso es tan hermoso: porque es ancho y ajeno, y es imposible conocerlo todo.

“Estoy aquí y nadie me conoce, soy un rostro anónimo en esta multitud de rostros anónimos, estoy aquí de la misma manera que podría estar en otro lugar, es lo mismo, y esto me hace experimentar un gran dolor y una sensación de libertad hermosa y superflua, como un amor contrariado”, se lee en el relato “Any where out of the world” (Pequeños equívocos son importancia, 1985). Encontrarse en un lugar: nacer significa eso también. Pero después, algo empieza a quedársenos estrecho; entonces partimos. Aunque no sea tan fácil hallar un lugar que nos baste. Ésa es la cuestión: “conseguir que los lugares nos basten”. ¿Por dónde empezar?

La literatura –como dijo un poeta– es la demostración de que la vida no nos basta. Porque la literatura es una forma de conocimiento más. Es como el viaje: es una forma de conocimiento más, distintas formas de conocimiento más. Muchas cosas pueden bastarnos, y deben bastarnos, en la vida: el amor, el trabajo, el dinero. Pero el deseo de conocer nunca es bastante, creo. Por lo menos si uno tiene ansias por conocer.

El muchacho de su relato “Nochevieja” (El ángel negro, 1991) viaja con los libros, con las historias. Viaja sin moverse. ¿Cuánto tiene que ver la experiencia de la lectura con la del viaje? ¿Y es la escritura, como se oye decir, otra forma de viajar?

Al escribir, uno se imagina que es otro y que vive una vida ajena. Y que está en otro lugar. La escritura es un viaje fuera del tiempo y del espacio. El viaje, el geográfico, es un movimiento horizontal, pero siempre anclado a la corteza del mundo.

Hay un libro de Carlo Emilio Gadda que se titula Los viajes la muerte. Escrito así, sin coma. Los personajes de sus libros se desplazan, viajan y piensan a menudo en la muerte. Quien dice “yo” en la novela Réquiem (1992) cruza Lisboa, viaja por sus recovecos y se topa continuamente, en cada esquina, con presencias-ausencias que evocan la muerte, a los muertos.

Viajando, uno se topa sobre todo con los vivos. A veces también con los moribundos. Y también con auténticos muertos, depende de los lugares. Hoy, en determinados países, por ejemplo, pueden hallarse en cantidades respetables. Pero también con nuestros muertos, o los muertos que hemos conocido cuando estaban vivos. Puede ocurrir. Puede ocurrir, por ejemplo, que en una modesta pensión de Lisboa, en un domingo de agosto, cuando la ciudad está desierta, uno reciba la visita de su propio padre que lleva tiempo muerto. ¿Por qué no se presentó en casa? ¿Será cierta forma de timidez que tienen los difuntos? ¿Cierta dificultad en volver a un lugar demasiado familiar para él? Puede ocurrir que en una anónima habitación del hotel en Singapur, en lo más alto, en la última planta de un rascacielos, te llegue de repente la voz de tu tío Lucca. Menuda potencia de voz, si llega desde Lucca, y resulta de lo más extraño, pues viviendo a escasos kilómetros de distancia nunca te había llegado; uno está durmiendo en un hotel de Singapur y lo despierta la voz de su tío de Lucca. ¿Será posible que al tío de Lucca le hiciera falta que su sobrino se hallara en Singapur para decirle un cosa al oído? ¿De qué dependerá? ¿Será porque esa noche no has visto los telediarios italiano, algo por lo demás imposible en Singapur? ¿Será porque no te has enterado que el papa se ha asomado a la plaza con un nuevo sombrero, de que el diputado del partido de la mano dura hoy no ha animado a disparar contra nadie, de que ese periodista televisivo que de humano no tiene casi nada considera sagrado el embrión? ¿Será porque has hecho limpieza de las escorias que contaminan la vida cotidiana? ¿Será porque los muertos, al igual que los cetáceos que se comunican con una especie de sonar natural para no ser molestados por todos los sonidos artificiales que contaminan los océanos, sienten la necesidad de aguas acústicamente limpias al objeto de que su voz no se pierda entre el ruido de fondo que nos envuelve?

¿Y el tiempo? ¿Qué le ocurre al tiempo (a nuestra percepción del tiempo) mientras estamos de viaje? Suele parecernos muy angosto en el mismo momento del desplazamiento, cuando nos movemos, pero después se dilata, fermenta milagrosamente cuando volvemos a reconsiderarlo ya quietos.

¡Qué maravilla, los horarios! Los horarios están hechos de un tiempo especial que no pertenece al Tiempo con mayúscula, pertenece a un tiempo angosto, contable, que cabe en las páginas de una agenda. Hacemos nuestros cálculos: tomando el autobús de las cuatro de la mañana llego a Oaxaca a las siete de la tarde. La ceremonia de los curanderos zapotecas en las colinas es a las nueve, si el autobús no se retrasa tendría que llegas a tiempo. Eso, el lunes. Para el martes ya se verá.

¿Cree que la experiencia del viaje ha tenido una gran incidencia en los libros que ha escrito? ¿Ha habido viajes que hoy, pensando en su trabajo, considera decisivos?

Siempre resulta difícil establecer si las cosas que pensamos tienen más influencia en las cosas que hacemos o si las cosas que hacemos tienen más influencia en las cosas que pensamos. Probablemente funcionan en régimen de igualdad de condiciones. Hay viajes que se han transformado en escritura. Son viajes que ya no existen, de los que casi me he olvidado. O mejor dicho, siguen existiendo porque los he transformado en novelas. Vivir y escribir son una misma cosa, pero son dos cosas diversas. La vida es una música que se desvanece en cuanto la has interpretado. La música es más hermosa que su partitura, no cabe duda. Pero de la música, una vez que ha sido interpretada, sólo queda en la vida la partitura.

¿Qué clase de viajero es usted? ¿El extravío, el trastrueque o la interrupción de las costumbres, el encuentro con lo ignoto le asustan?

Un viajero que nunca ha hecho viajes para escribir sobre ellos, algo que siempre me ha parecido una estupidez. Sería como si uno quisiera enamorarse para poder escribir un libro sobre el amor. Acaso muchas veces el hastío, en su sentido más profundo, ha sido un gran propulsor. Pero es difícil establecerlo. En ocasiones el hastío, en ese sentido profundo que digo, puede ser un propulsor pero también una fascinación a la que uno se abandona hasta tocar fondo. Y lo ignoto, lo verdaderamente ignoto, ¿dónde lo hallamos, tomando un avión que va lejos o en el fondo de ese pozo de inmovilidad que supone un día que nos pasamos pensando sin movernos de casa, mirando un muro sin verlo? Y además lo ignoto nos espía siempre, y se presenta a la primera ocasión.

¿Hay autores o libros que le han servido de guía, que ha sentido como compañeros de viaje en los viajes de su vida?

Más que de autores, yo hablaría de versos, o de fragmentos de poemas. Uno se los lleva dentro sin saber que sabe esos poemas. Y a veces llegan por su cuenta, como rubricando una circunstancia en la que te hallas, emergen de la memoria por asociaciones de ideas, porque definen una situación, “dan sentido”, son auténticos compañeros de viaje, esa clase de compañero que te dice lo más adecuado en el momento adecuado. No sé bien, por ejemplo, voy a citar a la buena de Dios versos que se me han venido a la cabeza y que acaso acabé repitiendo como un estribillo durante todo un viaje: “Detesto el poema cíclico y no me agradan los senderos que muchos pisaron” (un viaje equivocado); “Extranjero, poco he de decirte: detente y lee” (una lápida encontrada por casualidad); “Dios mío, qué siglo, decían los ratones, y empezaban a roer el edificio” (ante escenas que hubiera preferido no ver); “Viajar, perder países” (distintas situaciones); “Estoy donde no debería estar” (pensado a menudo); “Aire, ¿me reconoces tú, tú que un día conociste los lugares que fueron míos?” (ciertos regresos); “Cuando te pierdas en el desierto de la tarde y el azul del mar lejano te provoque sed” (una premonición que se cumple); “Sucede que es diciembre en todo el mundo y es sábado en toda Colombia” (una Nochebuena preguntándome qué estaba haciendo allí); “Siento nostalgia de casa, lo que es evidentemente una estupidez, pues por allí nunca he sido un apreciado chovinista” (puede ocurrir).

“Me gustaba mucho leer el viaje en los rostros de los demás.” Es una frase muy hermosa que se encuentra en uno de sus libros. ¿Hay algún viaje que haya tenido la oportunidad de vivir por haberlo leído en el rostro de alguien? Parientes, amigos, personas encontradas por casualidad…

Un asombro muy especial a causa del viaje puede leerse sobre todo en los rostros de quienes se han ido “de excursión”. “Los italianos de excursión”, como dice la canción de Paolo Conte. Pero también aquí en Portugal, desde donde le estoy contestando, los viajeros dominicales van de excursión a Fátima o a las localidades playeras, y en Francia la gente de la periferia parisiense va a ver la catedral de Chartres los domingos. Existen aún “las excursiones”, por más que estén destinadas a desaparecer. Más de una vez he ido a esperar el autobús que volvía de algún sitio, fingiendo que esperaba a alguien aunque no esperara a nadie, para observar a las personas que bajaban. En sus rostros había asombro, excitación, cansancio, a veces no son demasiado jóvenes, hay quien se ha llevado a sus nietos más mayorcitos. Me gusta observar a esas personas: se nota que han ido realmente de viaje, aunque sea sólo a pocos centenares de kilómetros. Tal vez, no sé, desde mi pueblo en Toscana han ido a Asís o al lago Trasimeno. Y el viaje lo llevan en sus ojos somnolientos, en los que perduran las incomodidades y la alegría de aquella breve evasión. En cambio, y por el contrario, he tenido ocasión de observar a ciertas parejas jóvenes, de hoy en día, que acaso no han visto nunca los Uffizi o el Coliseo pero cuando se casan se van de luna de miel a las Seychelles o a las islas Comoras. Cuando regresan, en sus rostros no hay nada escrito. Por otra parte, ¿qué puede hacer uno en las islas Comoras? Lo único que se aprecia es que están muy morenos. Idéntico resultado podrían haberlo obtenido quedándose sentados en el patio de su casa o en la terraza.

(Viajes y otros viajes) 2012
Antonio Tabucchi

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