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Demian

16 febrero 2013

Lo único fijo en mí era mi voz interior y la imagen de mi sueño. Sentía el deber de seguir ciegamente aquella guía. Pero me era harto difícil y todos los días me rebelaba contra él. A veces pensaba si estaría loco o no sería quizá como los demás hombres. Mas, por otro lado, podía leer a Platón, resolver problemas trigonométricos y seguir un análisis químico. Sólo una cosa me era imposible: arrancar el oscuro fin oculto en mi interior y proyectarlo fuera de mí, en cualquier lado, como lo hacían otros que tenían la seguridad de querer llegar a ser profesores o jueces, médicos o artistas, y sabían cuánto tardarían en serlo y qué ventajas les reportaría. Para mí era imposible. Quizá llegase un día a ser algo semejante, pero ¿cómo podía saberlo ahora? Quizá tuviese que buscar y rebuscar el camino años y años y no llegase a ser nada ni alcanzase ningún fin. Y quizá alcanzase un fin, pero un fin perverso, peligroso y temible.
Quería tan sólo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil?

Durante todo aquel invierno viví en una tempestad interior que me es difícil describir aquí. Habituado ya a la soledad, no me pesaba, y vivía con Demian, con el gavilán simbólico y con aquella imagen de mi sueño que era mi amada y mi destino. Con ello le bastaba a mi vida, pues todo ello era grande y vas y todo señalaba hacia Abraxas. Pero ninguno de estos sueños, ninguno de mis pensamientos, me obedecía; no me era posible someter a mi voluntad su emergencia ni darle a mi capricho su color. Venían y se apoderaban de mí; era dominado por ello, era por ellos vivido.
En cambio, me encontraba protegido contra el mundo exterior. Ningún hombre me inspiraba miedo. Mis condiscípulos lo habían adivinado así, y me mostraban un culto respeto que a veces me hacía sonreír. Cuando quería, podía penetrar sin dificultad sus más íntimos pensamientos, dejándoles asombrados. Pero no quería nunca, o sólo muy pocas veces. Siempre estaba ocupado conmigo mismo, siempre conmigo mismo. Y mi mayor deseo era vivir, por fin, un poco, dar algo de mí al mundo exterior, entrar en contacto y en lucha con él. Algunas veces, vagando de noche por las calles, sin que la inquietud me permitiera regresar a casa hasta la madrugada, pensaba que mi amada no podía tardar ya en salir a mi encuentro y que la hallaría al doblar la esquina siguiente o me llamaría desde la próxima ventana. Otras veces me parecía cruelmente intolerable todo esto e imaginaba que tendría que quitarme la vida.
Por estos días, la “casualidad”, según el dicho corriente, me hizo encontrar un singular refugio. Pero no hay tales casualidades. Cuando alguien que de verdad necesita algo lo encuentra, no es la casualidad quien se lo procura, sino él mismo. Su propio deseo y su propia necesidad le conducen a ello.

Ya de niño me había gustado contemplar las formas extrañas de la Naturaleza, pero no como un observador que investiga, sino abandonándome a su peculiar encanto, a su profundo lenguaje complicado. Las largas raíces rampantes de los árboles, las vetas jaspeadas de las piedras, las gotas de aceite sobrenadando en el agua, las grietas del cristal, todas las cosas de este género habían tenido en tiempos, para mí, un singular encanto, como también el agua y el fuego, el humo, las nubes, el polvo y sobre todo, las luminosas manchas movidas que veía al cerrar los ojos. En los días siguientes a mi visita a Pistorius comenzó a atraerme de nuevo todo ello, pues advertí que una cierta sensación de alegría y de fuerza, surgida en mí después de aquella tarde, una intensificación de mi conciencia de mí mismo, la debía por entero a mi larga contemplación del fuego, benéfica y enriquecedora.

 …

Y en este punto me abrasó de repente como una aguda llama la revelación definitiva: todo hombre tenía una “misión”; pero ninguno podía elegir la suya, delimitarla y administrarla a su capricho. Era equivocado querer nuevos dioses, era completamente equivocado querer dar algo al mundo. Para el hombre despierto no había más que un deber: buscarse a sí mismo, afirmarse en sí mismo y tantear, hacia adelante siempre, su propio camino, sin cuidarse del fin al que pueda conducirle. Este descubrimiento me conmovió hondamente, y tal fue para mí el fruto de todo este suceso. Muchas veces había jugado con imágenes del futuro y había ensoñado los destinos que me estaban reservados, como poeta quizá o quizá como profeta, como pintor o como quién sabe qué. Y todo esto era equivocado. Yo no existía para hacer versos, para predicar o para pintar. Ni yo ni ningún otro hombre existíamos para eso. Todo ello era secundario. El verdadero oficio de cada uno era tan sólo llegar hasta sí mismo. Luego podía terminar en poeta o en loco, en profeta o criminal. Eso no era cosa suya, y, además, en último término, carecía de todo alcance. Su misión era encontrar su destino propio, no uno cualquiera, y vivirlo por entero, hasta el final. Toda otra cosa era quedarse a mitad de camino, era retroceder a refugiarse en el ideal de la colectividad, era adaptación y miedo a la propia individualidad interior. Esta nueva imagen se alzó ya claramente ante mí, terrible y sagrada, mil veces vislumbrada, quizá ya expresada alguna vez; pero sólo ahora vivida. Yo era un impulso de la Naturaleza, un impulso hacia lo incierto, quizá hacia lo nuevo, quizá hacia nada, y mi oficio era tan sólo dejar actuar este impulso, nacido en las profundidades primordiales, sentir en mí su voluntad y hacerlo mío por entero. Esto, y sólo esto, era, mi oficio.

(Demian) 1919
Hermann Hesse

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