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Arte poética

23 noviembre 2011
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Hay quien levanta
estructuras de sal que se diluyen
con la lluvia
de quien nombra la lluvia en un poema.

Palabras que conocen el sabor de la sangre,
y  la sangre fingida de un corazón que sangra en un poema.

El símbolo cansado de la rama escarchada en el otoño
y el otoño irreal que en el poema deja
tres vocales caídas.

Alguien escribe lago y alguien escribe lágrima:
ambos miden lo mismo en el final de un verso.

Si en un verso leemos que la luna
es la sombra metálica de un vacío en la noche,
la luna sigue intacta: es la luna en la noche.

La evocación de un jardín racionalista
o la de algún amanecer sostenido
por los dedos mojados de la niebla
traza un idéntico espacio silábico
en el que sopla el viento de una voz.

Alguien escribe yo y alguien tú eres,
y ambos están nombrando a estos espectros
que suplantan la vida en un poema.

¿Hay quien habla del mar y el mar se oye?

¿Alguien habla de sí y el tiempo calla?

En esta prestidigitación el mundo existe
del modo en que existimos en él:
reflejados y errantes de nosotros,
eco de unas palabras confundidas,
sin nada que perder, y tan perdidos.

Felipe Benítez Reyes

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