Confesión
En el amor y en la amistad,
una verdad mínima y cierta
es que amo al descubrir una persona
a la que encuentro noble y única.
Y si el rumor del tiempo lo mismo que una brisa
la delata normal, convencional,
dejada a lo biológico sin vuelo,
idéntica y común en su necesidad
de atesorar poder o a otra persona,
entonces me rebelo -y es mi fallo-
y si me dejan -y aunque no me dejen-
digo mi decepción y mi protesta
o vuelvo simplemente a donde late pura la libertad primera,
el amor o libertad no posesivos,
el trato sin reproche
ni daño o someterse el uno al otro.
Tanta es la esclavitud alrededor
que me es incomprensible la tortura aceptada o elegida.
La he visto en el trabajo y en la casa,
en la mañana urgente, en tarde exenta.
Quien parecía libre de toda mezquindad,
sonriente en la luz de un alto espíritu,
perdía al fin su máscara o su esfuerzo
al ver la confianza que el fervor le brindaba:
no era entonces maldad, o sí lo era,
pero sin duda daban en algo aún peor que malo o bueno:
se volvían vulgares, excluyentes,
grandilocuentes como actrices
sin margen a lo claro, a la alegría
que quedaba en arranque y no en don cotidiano.
Así, más que intimar, intimidaban,
forzaban a silencio la pureza,
la libertad que quise desde niño.
Álvaro García