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Divagación en la ciudad

28 julio 2011
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A Ricardo Defarges

Quisiera hablar tranquilamente. Ha llegado el momento
de la serenidad, en que es posible
hablar, decir algo recóndito y oscuro
como en la niebla o en la soledad o en la sombra. Un susurro
en la voz basta a veces,
a veces en la penumbra de una palabra basta,
a veces escuchamos un sonido
crujir, un paso remoto que se aleja
vacilando en el bosque. Un buque parte a veces y en las aguas
algo creemos ver, insólito, es un brillo
que algo nos dice, un más allá, una dicha
veloz que repentinamente se extingue. No sé, una burbuja
que acaso significa, como si viniera a nosotros
respirada por alguien, detrás de la tiniebla.
Así hablaría en el cansancio. Pero esta tarde
he creído ver algo. Yo recuerdo
de niño, he pasado de niño muchas veces
horas y horas contemplando una piedra,
y siempre yo veía cosas nuevas en ella,
montañas diminutas, enormes valles desolados,
y al mirar esperaba.

Esperaba el milagro.
Ya lo sabéis. ¡Qué cosa!
Esperaba el milagro, estaba un poco tonto, un poco alegre,
un poco esperanzado,
lo mismo, sí, que ahora.

Pasan gentes veloces por la calle,
una calle cualquiera, no lo dudo, una calle
en donde nada ocurre. ¿Qué esperar, por qué miro?
Pasan gentes alegres,
a veces con sombreros de colores,
a veces con sombreros de otras cosas,
quizás penas, espinas.
Pero pasan alegras,
con enormes sombreros de alegría,
vestidos con vestidos, con traje de payaso, con caraas de azucena,
con cara menestrales o ya menesterosas de suspiros,
porque a veces
es difícil andar con tanta gente,
tantas palomas sucias, tantos ríos
que van al mar. Difícil, lo comprendo.
Siempre lo he dicho así. No sé qué pasa,
no sé que ocurre en mí ni por qué hablo
de todas estas cosas.
De pronto estoy más serio, casi triste,
casi necesitado de acariciar a un perro, a una persona,
a un burrito peludo, a un titerero.
Ya veis a qué conduce el estar triste
en una tarde rosa, en la calle
cualquiera, un cualquier día.
Empieza uno a pensar
así, como si fuese
todo importante y fiel, y solidario
con la necesidad de no ahogarse
en un vaso de vino o de amargura.
De ser siempre en el mundo,
de decir su quimera a cualquier hombre,
de gritar a los astros que hay aquí, sí, en la tierra,
hombres que valen un imperio,
imperios que hacen agua,
agua que no se bebe porque está prohibido,
y que es bonito
salir a una terraza cualquier día
y gritar a los astros que el mundo está bien hecho, y que he bebido.

(Oda a la ceniza) 1967
Carlos Bousoño

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